¡A casa nueva!

Pues eso. Después de mucho meditarlo al final nos hemos mudado. Ahora, gozzermondo tiene casa propia. 

Nos vemos en www.juancarlosgozzer.com

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Getafe o la dignidad de una derrota

El patoEn estos días que corren entre mercenarios, apóstatas y mesías de un día, o máximo dos, nos llega de vez en cuando un bálsamo que nos recuerda porqué, a pesar de todo, nos gusta tanto ese deporte de 22 tipos corriendo en pantalón corto detrás de un balón.

Getafe 3- Bayern 3. Marcador final e imposible para quien, faltando cinco minutos para el final de la prórroga de los cuartos de final de la copa de la UEFA, se levantó de su sillón a celebrar la clasificación del pequeño Geta que en ese momento ganaba 3-1. ¡Y con un hombre menos!

Pero al final la eliminación, porque muchas veces las grandes historias comienzan con grandes derrotas. Y la del Getafe, ese equipo hecho con jugadores prestados, empezó en su estadio, bajo lágrimas y, probablemente, el abrazo sincero del viejo Oliver Kahn y sus secuaces.

No soy hincha del Getafe. De hecho, hace aproximadamente un año, odiaba a ese equipo que acaba de eliminar a mi Barcelona de la copa del Rey. Tampoco me dejé convencer por el eslogan ese del “alguien a quien amar” con el que Antenta 3 nos quiso vestir a todos de azulones. Y con toda seguridad, cuando ponga punto final a este texto, y cuando despierte mañana, solo recordaré que Getafe es ese lugar donde vivía un buen amigo mío que estudiaba en la universidad Carlos III.

Pero no importa. Después de la euforia, el rey volverá a su castillo corriendo y los verdaderos, los que estaban ahí desde el principio, se quedarán una vez más con su equipo de jugadores prestados, que en 180 minutos (partido de ida y vuelta) nos enseñaron toda la dignidad que puede tener ese deporte.

Y durante esos 180 minutos lograron que recobráramos ese sentimiento feliz de estar vivo, que habíamos perdido en medio de estos ‘grandes’ equipos que pierden sin despeinarse y luego se marchan en sus coches carísimos.

No diré que lo del Getafe haya sido una lección de vergüenza o de fútbol, para esos mercenarios que primero cobran y luego no sudan la camiseta. Hay cosas que ni se enseñan ni se aprenden. Y lo del Geta frente al todopoderoso Bayern (Luca Toni, Ribery, Khan, bla, bla, bla) fue simplemente pasión por el fútbol y nada más. La misma que le metemos nosotros cuando vamos a jugar una pachanga con los amigos.

Al final, se impone el guión y ganan los mismos de siempre. Pero no importa. Durante cinco minutos, o muchos más, los estudiantes, obreros e inmigrantes que viven en Getafe, se sintieron lo más grande de Europa, en el lugar donde ni en el más dulce de sus sueños se lo hubieran imaginado.

Pero no nos confundamos, el mérito de este Getafe no es el de haberle plantado cara a un grande de Europa, siendo un equipo pequeño. No, ese ya es un lugar común. Lo bonito de ese partido –y también hay que reconocer el valor del Bayern- fue que ese equipo, ese Geta, nos brindó todo lo bueno que tiene el fútbol y que cada vez es tan escaso. Nos demostraron, ambos, que esto es más que un deporte, pero sobre todo, mucho más que un vil negocio.
Ahora les queda la final de la Copa del Rey. Y espero que gane el mejor. Para entonces, ya habré olvidado el Getafe y quizás, ni vea ese partido.

Pero no olvidaré esa noche en la que el Getafe cayó eliminado en su estadio por un Bayern que respetó su rival hasta el final. Y creo que ninguno de los que vimos ese partido lo olvidaremos. Nunca hubo tanta gloria en una derrota.

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Norman sin excepciones

Mister Norman MailerPodría recordarlo en distintos momentos de mi vida, pero al final, para mí Norman Mailer  es un colchón mullido en el suelo de una habitación infestada de humedad en una noche perdida del barrio de Moratalaz.

También podría ser una sala de aprendices de Norman Mailer en Bogotá, o un Ali Bumaye en ojos de Spike Lee; pero por alguna extraña razón prefiero reconfortarme con el recuerdo amargo pero tremendamente pletórico de ese triste cuarto.

Talvez porque solemos guardar un cariño especial a todo lo que nos sirve de refugio ocasional cuando las cosas van mal. Y en aquellos días las cosas iban realmente mal.

Tras el aterrizaje despanzurrado en Madrid y el consiguiente abandono de un amor tan efímero como el dinero que llevaba en los bolsillos, ese rincón de un bajo de Moratalaz era poco más que un campo de batalla lleno de cadáveres olvidados y bayonetas enterradas donde me tumbaba en medio de la hiedra húmeda y el despecho y me entregaba a cada una de las 576 páginas de la Canción del Verdugo.

Y en medio de la noche cerrada y los estómagos vacíos de la austeridad y la desdicha de Gary Gilmor (A.K.A mister Mailer) me perdía robándole horas al sueño, a los pensamientos largos e inútiles y a esa infelicidad de la sinrazón. Y sólo Mailer tenía derecho a decir algo, a describir lo que pasaba en esa habitación que era al mismo tiempo una celda fría de un tiempo lejano en ese más que lejano país.

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Recuerdo que ese bajo de Moratalaz tenía en su patio una higuera de frutos insípidos y que la Canción del Verdugo tenía la portada amarilla y que como Gilmore, lo mejor era asumir que cumplir cada uno su condena era el único camino posible.

Atrás quedó la humedad de Moratalaz, mis esfuerzos por ser un Maileriano de Nuevo Periodismo, Gary Gilmour y los días “en que fuimos reyes”.

Ahora también se queda Norman Mailer, 84 años después y una vida errante de continuos comienzos y secuelas (6 matrimonios y 9 hijos).

Se va justo ahora, cuando el invierno empieza a entrar otra vez y nos hundimos en los abrigos con esa mirada melancólica. Y nos convertimos, cómo no señor Mailer, en testigos de excepción de nuestra propia existencia.

Lo que no sabemos es si al final de todo, podremos contarla con la misma intensidad y honestidad.

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Todo por una calle de Córdoba

el maestro Alvaro Mutis A Irene,
que llegó justo a tiempo

Existe un país entero que cabe en 730 palabras. Yo no lo sabía, ni siquiera lo imaginé esa tarde perdida y lluviosa de septiembre (¿o quizás abril?) hundido, casi adormecido, en una butaca de la Biblioteca Nacional de Bogotá, ese edificio imponente que dormita entre urapanes tristes, casi escondido junto al Parque de la Independencia.

Resguardado de esa eterna llovizna bogotana, vi por primera vez a Álvaro Mutis  abrir su libro al azar y leer el poema titulado “Una calle de Córdoba”. Tuvieron que pasar casi 10 años para que me diera cuenta que esa fue la primera vez que quise conocer España.

Diez años después, en un auditorio cómodo de Casa de América de Madrid, ese Palacio Linares dieciochesco que mira por encima del hombro a la sempiterna Cibeles y las aristocráticas acacias del Paseo de la Castellana, pude escuchar nuevamente la voz de Mutis leyendo el mismo poema elegido con el mismo azar de esa tarde olvidada de la Biblioteca Nacional.

Vi como sus manos temblorosas se esforzaban por servir un poco de agua y refrescarse el gaznate antes de lucir esa portentosa voz y recordarme, como buenos amigos que no se hacen reproches, que yo estaba allí sentado por él.

Que había aterrizado una tarde fría de noviembre de 2001 en Barajas, con cien mil pelas en los bolsillos, sólo para ver y entender como mis propios ojos “la España de Abul Hassan AlHusri, «El Ciego», la del bachiller Sansón Carrasco, la del príncipe Don Felipe, primogénito del César, que desembarca en Inglaterra todo vestido de blanco, para tomar en matrimonio a María Tudor, su tía, y deslumbrar con sus maneras y elegancia a la corte inglesa, la del joven oficial de albo coleto que parece pedir silencio en Las lanzas de Velásquez (…)”.

la biblioteca Nacional de ColombiaTuve que peregrinar durante 10 años para comprender que todo lo que uno puede imaginarse y saber de España cabe en esas humildes 730 palabras que juntas conforman un poema maravilloso, que bien pudiera haberse escrito en una servilleta sentado en una terraza cualquiera de Córdoba una tarde de verano andaluz caluroso y bañado con Jerez.

Ahí estaba Mutis, atrapado en los avatares impropios e insultantes de la vejez, recordándome eso que algunos llamamos razones, o motivos, pero que la tierra levantada por el paso del tiempo se encarga de esconder en lo profundo de nuestros recuerdos, como el resguardo del billete de avión que nos trajo a España y que todos los inmigrantes insistimos en conservar sin saber porqué. O sí, para contar los días a partir de ese momento. 

Alvaro Mutis, en Casa de AméricaSeguramente no lo volveré a ver. Ni él sabrá nunca que Costantinopla es ese jardín secreto que nos une en la logia de los viajeros nostálgicos. Pero nos basta con eso. Me es suficiente para agradecerle esas 730 palabras que 10 años después – y 10 años antes– me hicieron tener “la certidumbre de que en esta calle, en esta ciudad, en los interminables olivares quemados al sol, en las colinas, las serranías, los ríos, las ciudades, los pueblos, los caminos, en España, en fin, estaba el lugar, el único e insustituible lugar en donde todo se cumpliría para mí con esta plenitud vencedora de la muerte y sus astucias, del olvido y del turbio comercio de los hombres.”

Así es y así será.

Aunque aún le deba una visita a Córdoba, a esa calle (y no Shidah Kardessi) donde el maestro Mutis me estará esperando con una copita de Jerez.

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El casete de Pavarotti

los tres y tresEl único día en el que mi madre se rindió (o fingió rendirse) fue cuando se convenció (o me hizo creer) que mi tozudez era definitivamente irremediable. Hacia poco había muerto mi padre y yo entraba con los dos pies a una adolescencia espantosa llena de desafíos a la autoridad materna y la incomprensión propia de una etapa en la que el mundo nos cabe en la palma de la mano, pero nosotros no nos ajustamos a ese mundo tan provincial, arcaico y, sobretodo, escaso de fondos.

Ese día, después de otra jornada de batalla campal entre los focos guerrilleros de mi adolescencia y su autoridad, mi madre dio su brazo a torcer y decidió, o fingió rendirse, que lo mejor era asignarme un “sueldo” mensual y que yo me buscara la vida. Así, superando las discusiones monetarias, mi pequeño plan adolescente-independentista-separatista se había apuntado un triunfo histórico (y a la larga pírrico).

Con mi primera provisión de fondos empecé a dar rienda suelta a mi proyecto de pseudo-dandy que pronto fracasaría estrepitosamente, como era de esperarse.

Ahora, tantos años después y tan lejos, no recuerdo muy bien porqué lo primero que hice con mi independencia económica fue comprar un casete del concierto de los tres tenores en una tienda de música tropical. Yo tenía 15 años y Bucaramanga, mi ciudad, era un hoyo arropado por constantes oleadas de vallenato, merengue y otros ritmos locales, lejanos, muy lejanos, del bel canto.

No sé. Quizás porque en esa etapa de la vida, somos todo lo que nos rodea. Somos una Adios Lucianoproyección en la pared, o esa imagen que se refleja en mil y un espejos. Yo era, o mi proyección era, ese casete, ese dandy provincial que fardaba de hombre culto y aficionado a la ópera delante de jovencitas enamoradas de las telenovelas de la noche. Y sólo porque tenía un casete que llevaba a todas las fiestas, pero que nadie me dejaba poner.

Haciendo gala de intelectual repleto de acné, me sentaba durante horas a escuchar el dichoso casete. Y ahí estaba Pavarotti, con ese vozarrón imbatible gritando “vincerooooó”, poniéndome los pelos de punta. O un “O sole mio”, que me llevaba a una más que tierna infancia, al coche de mi padre los domingos por la mañana o unos dibujos animados de Hanna-Barbera en las tardes sin colegio.

Ese es el único recuerdo que tengo de la primera y última batalla que gané en mi adolescencia. Como era de esperarse, mi gestión económica, propia de los proyectos revolucionarios, fue un rotundo fracaso. No sé en que malgasté el resto del dinero antes de volver con la cabeza gacha al redil de la mirada complacida de mi madre, pero el casete siguió conmigo durante muchos años.

Hoy, que todos los periódicos anuncian la triste muerte del Gran Luciano en su Módena natal, me vino a la cabeza la historia del casete de Pavarotti y mi fugaz incursión en el glamuroso mundo de la ópera que concluyó finalmente el día en que me quedé dormido en el teatro del Liceu de Barcelona durante un recital lleno de tenores y sopranos.

Juventud, divino tesoroComprendí entonces que no me gustaba la ópera, me gustaba Pavarotti. Su presencia en el escenario y su forma de expulsar notas que ponen los pelos de punta e irremediablemente te hacen llorar. Su forma de llevarte a ese lugar llenos de fotos descoloridas y sonrisas lejanas. Ese rostro bonachón y esa manera de mostrarnos que eso de la ópera puede ser interesante si se le quita tanta etiqueta.

Me entristece su muerte. Pero ahora que se ha ido llego a la conclusión que durante esos días de incertidumbre juvenil, chicas con faldas cortas, el calor pegajoso y bumangués de 23 grados y unos primeros pasos de baile que nunca llegué coordinar, Pavarotti era la única persona que me dijo algo coherente y esperanzador: “all’ alba vinceró”.

Aunque siga esperando el alba, escuchando a ratos el “nessun dorma”.

Si. Que nessun dorma.

Solo él.

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Mustafá o la compra de una alfombra sin querer hacerlo

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1. “Para garantizar una buena compra, es preciso dedicar algún tiempo a visitar varias tiendas y comparar precios y calidades”.

Manual del comprador de alfombras
Lonely Planet
“Estambul y lo mejor de Turquía”

La mejor manera para comprar una alfombra turca sin querer hacerlo consiste en detenerse, al final de la tarde, frente al Milion (milario o mojón), un bloque de mármol al inicio de Divan Yolu que en la antigua Constantinopla marcaba el kilómetro 0 del mundo, y desde donde se medían todas las distancias del Imperio Bizantino.

En otras palabras, para comprar una alfombra en Estambul sin querer hacerlo lo mejor es ubicarse en el centro del mundo. Una vez allí, intentar, como buenos turistas, hacer una foto para la posteridad y esperar que alguien llamado Mustafá, por ejemplo, se acerque a explicar, en perfecto español, la grandeza del olvidado imperio.

Al menos así los hicimos nosotros. Y así comenzó nuestra historia con Mustafá y la compra involuntaria de un maravilloso Kilim turco, ese tejido alabado por Marco Polo en sus viajes.

2. “Una alfombra duradera y de buena calidad debe ser de lana cien por cien (yüz de yüz yün). Habrá que comprobar la urdimbre (hilos longitudinales), la trama (hilos transversales) y el pelo (hilos verticales entretejidos en la matriz de la urdimbre y la trama)”

Mustafá es una de esas personas con la que se conecta desde el primer momento. Quizás por esa mirada casi infantil, su forma de sonreír tan amistosa y la calidez propia de los turcos. Ni buscando se logra percibir una pizca de maldad o de doble intención en sus gestos o palabras.

Mustafá, el grandeEsa tarde soleada de un jueves de comienzos de julio Mustafá era simplemente un hombre que regresaba de su trabajo y que amablemente se cruzó en nuestro camino para señalarnos, en nuestro pequeño mapa, la forma más económica y divertida de recorrer el Bósforo o cómo remontar el Cuerno de Oro hasta Eyüp de la misma manera que lo hacen los estambulíes. Nos convenció de que era una tontería intentar salir de Estambul (bye, bye, Troya, Pamukkale, Efeso y compagnia bella) y sin hacerse de rogar aceptó nuestra invitación para tomar un té y ahondar más en su aventura como intérprete oficial del presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero durante su viaje a Turquía (Afirmación posteriormente corroborada con respectiva fotografía de teléfono móvil para disipar toda duda en el turista y en el lector).

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Estambul, viajes que comienzan cuando terminan

Estambul comienza Aparte de ser un escritor extremadamente perezoso, soy demasiado reflexivo para escribir in situ. Me gusta dejar que las imágenes reposen en mi mente hasta que, como en un proceso de destilación, las palabras vayan apareciendo como pequeñas gotas que caen en un tubo de ensayo.  Por lo general, pasan días, semanas e inclusive meses hasta que una de esas gotas caiga, si cae, en una hoja en blanco. 

Con Estambul, este proceso ha sido particularmente doloroso. Quizás por la cantidad de imágenes que me gustaría ver convertidas en palabras, o por la frustración al reconocer mis limitaciones parta transmitir con toda fidelidad las sensaciones que produce una ciudad como esa.  

Para ayudarme, o talvez esconderme, abro esa maravillosa auto-ciudad- biografía del escritor turco Orhan Pamuk, Estambul: ciudad y recuerdos, y me encuentro con que el libro comienza con una sencilla cita del poeta, también turco, Ahmet Rasim: “La belleza del paisaje está en su amargura”. 

Esta manera de introducir a un lugar como Estambul me hizo recordar que una de nuestras noches allí junto a Jose Mari y Pilar, una pareja de españoles que acabábamos de conocer en circunstancias propias de los viajeros. Entre una nargile y varios vasos de té, nos preguntaron qué era lo que más nos había impactado de Estambul 

es4.jpgSin pensarlo demasiado, respondí que el paisaje: la forma en la que todo se movía, ese trasfondo mutante que ofrece una ciudad que mira al mar Mármara, al Bósforo y al Cuerno de Oro al mismo tiempo. Con diferentes embarcaciones moviéndose de manera dispar; los pescadores que desde el puente de Gálata tiran una y otra vez su perseverante anzuelo mientras el tranvía corta la ciudad con una prisa inusual en esos 20 millones de estambulíes que se reparten diariamente este lugar de la misma manera en la que también se la disputan Oriente y Occidente.   

Todo bajo la inmutable presencia de imponentes mezquitas, el palacio de Topkapi, las llamadas a las oraciones y un atardecer que cae diariamente como si fuera lo último que quisiéramos ver en nuestras vidas, sin siquiera imaginar que al día siguiente todo será completamente diferente.  
Las mezquistas siempre vigilantes
Sin embargo, lo que ninguno de los cuatro que esa noche bebimos y fumamos en la trastienda de un antiguo cementerio otomano en plena Divan Yolu percibimos fue lo que Rasim y Pamuk, y talvez buena parte de los estambulíes aprecian de su paisaje y que lo hace realmente bello e incomparable: su amargura. 

Pero una amargura que, lejos de entristecer, sobrecoge y nos hace sentir parte de algo increíblemente vivo. Y que llevamos en nuestra piel para realmente comenzar el viaje, cuando nos creíamos ya de regreso.   

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