Bogotá Busetas

buseta.jpgPor el sello imaginarás desde donde te escribo, Eduardo. No hacía falta dejarte ninguna nota de despedida si sabías muy bien que regresaba a Bogotá. Que regresaba de ti, de Madrid, de esos años contigo y días felices y días de punzadas en la cervical. Ahora estoy a 14 mil kilómetros de nuestra calle de La Palma y recién desde aqui comienzo a verte mejor Eduardo Pino.

Y todavía se me ocurre usar el plural del nostros aunque tu rostro asuma esa mueca de amargura al creerte el único dueño del plural sólo porque pensarás, de manera errónea, que te he dejado. Y sabes que no lo he hecho, sabes que no te dejé, que nos perdimos unas cuantas páginas antes del final de tu tan publicitada novela que ojalá algún día pueda ver en el escaparate de la Librería Nacional; y la foto de tu rostro y medio cuerpo embutido en esa chaqueta de pana negra que nunca te pones pero que reservas justo para ese momento de gloria egomaníaca, mientras el humo de cualquier cigarrillo Camel o Amsterdamer mal liado -nunca lograste aprender a liar un cigarrillo por más que casi pierdes medio pulmón en el intento- se congela en esta típica foto en blanco y negro de solapa de libros de lanzamiento.

Y ya imagino la expresión de tu rostro como diciendo, ya ves Amalia, que te den por culo por haberte largado. O quizás aún sostengas esa mirada de “te estoy buscando por aquí”, que me hacías cada vez que me sentaba lejos de ti en algún bar de invierno de Malasaña. En la Taberna, la Vía Láctea, el Taboo, o cualquiera de esos bares donde la gente se movía por oleadas con la humareda de los tabacos de invierno, y de repente ya no estaba allí, sino aquí, cayendo despanzurrada sobre la pista dos del Aeropuerto Eldorado un fin de tarde de sábado con la sensación rara de nuestro frío seco y reseco de nuestra Bogotá de olvidos, que se cuela de a pocos por las rendijas del finger que nos conecta con la tierra, la tierra de la patria que ahora piso.

Y ahí, atravesando el pasillo de un welcome to Bogotá, sosteniendo el pasaporte más odiado del mundo y una revista esas tontas de Iberia, quise mirar hacia atrás y encontrar esa mirada tuya que se quedó sostenida en el Mother Fucker, o sostenida en el Café de la Palma, reclamándome a tu lado, extendiéndome la mano sin querer en medio del bullicio de la música que no era música, que era un montón de modulaciones de las bocas de Juan, de Javi, de Lina, Ana, Arturo y no sé cuántos más que nos iban rodeando para guarnecernos del frío más frío que el bogotano, Eduardo. Y esa es la mirada que busqué en ti ese sábado en la salida de Eldorado, pero estabas a 14 mil malditos kilómetros de la única y aterradora salida internacional de este aeropuerto.

A 14 mil tristes kilómetros de todos esos rostros desconocidos con los que me estrellé después de atravesar la puerta que separa lo nacional de lo internacional. La única que estaba ahí era yo buscando una cara conocida entre toda esa gente recargada de café oscuro, en vasitos plásticos color verde espera, de aguardientes de bienvenida y te juro Eduardo que había un grupo de vallenatos de esos portátiles y de 5 mil pesos cada canción, dándole la bienvenida a otra repatriada, o repateada, como yo. Una damita cargada de bolsas del Corte Inglés y una camiseta ajustada a unas tetas abultadas que decía alguien estuvo en Madrid y me trajo esta camiseta. Era aterrador Eduardo, y no estabas allí por ningún lugar y sabía que no ibas a estar, pero te buscaba aún después que los brazos infinitos de mi madre me rescataran de todo ese recibimiento de puerto corsario en época de pillaje. Y del olor a aguardiente, a rabia, a alegría de reencuentro y de arrepentimiento porque la puerta de cristal se nos cierra por la espalda tan pronto como la atravesamos, Eduardo.

No sé cuando me desperté realmente en Bogotá, pero te aseguro que no fue mientras recorríamos, mi madre y yo, la ancha avenida El Dorado, la ancha avenida de la bienvenida, Eduardo, ¿Te acuerdas que me lo dijiste una vez? Esa avenida bonita que te va metiendo en la ciudad de a pocos, todavía rodeada por un poco de verde, y esas vallas publicitarias tan de primer mundo, tan de consumo diseñadas para turistas gringos, o europeos, o para que la gente que regresa como yo tenga la sensación remota de que la ciudad ha cambiado, que ha progresado (¡Cómo me aterra esa palabra Eduardo!). Y desde el coche veía el paso de urapanes resecos a todo lo largo de la avenida.

Pensé que era otoño, que viajábamos por algún punto de la M 30 o algo así hasta que el ruido ensordecedor y furioso de una buseta me aterrizó en Colombia de sopetón, Eduardo. Solo abrí la boca para gritar ¡Una Buseta! Como cuando esperas muchas horas para ver una gran ballena jorobada emerger en la mitad del pacífico chocoano. Y mi madre, que venía conduciendo y hablando sin parar de toda esa gente por la que no me molesté en preocuparme durante estos dos últimos años, se calló mientras veíamos avanzar la buseta unos cuántos metros más allá y parar donde se le diera la puta gana. Verde, vieja y sucia de barro por las lluvias de siempre.

Una jodida buseta, Eduardo.

Desperté en Bogotá, en un coche que llevaba los cristales arriba, los seguros de las puertas puestos y que ya alcanzaba los puentes de la 26. Ahí donde ya hemos dejado atrás los edificios de El Tiempo, la universidad Nacional, el Colsubsidio y el cementerio Central, con ese ángel de la muerte que sostiene esa macabra hoz y que da la verdadera bienvenida a esta ciudad, a este país que no tiene nada qué ver con las vallas publicitarias que te digo Eduardo.

Era un sábado bogotano como los de siempre. Soleado y más tranquilo, y seco y frío, pero a gusto. La carrera séptima lucía tranquila y maravillosa, Eduardo. La calle que más me gusta. Es nuestra pequeña Castellana, la que atraviesa la ciudad de norte a sur, la vena por donde circula toda la sangre de mi cuerpo bogotano. Sonreí, Eduardo, sonreí con gusto y con ganas, como despertándome de un sueño largo. Y mi madre también sonreía de gusto y volvía a hablar de toda esa gente, Marujita, Pepita, Claudita, Rosarito de no sé que, y todo era como si el tiempo no hubiese pasado. Yo decía, esto no estaba aquí antes, y señalaba un anuncio, un edificio, un semáforo. Y mi madre respondía, claro que si ¿no te acuerdas? Lo pusieron hace mucho tiempo. ¿o será que no? Nos detuvimos en el semáforo de la séptima con 45, en frente a la universidad Javeriana, y vi de nuevo a los vendedores de chicles y cigarrillos sueltos, los vendedores de flores, de pañuelos de papel, de todo.

Los vendedores ambulantes y la gente que cruzaba frente a nosotras siguiendo su día normal, en su vida de todos los días sin fijarse que yo los miraba sin parpadear, como diciéndoles, ¡Hey, acabo de llegar y no saben lo extraño que parecen todos! Estaba todo ahí como siempre Eduardo. Estaban los buses ejecutivos, la ruta Guicani, la Cedro Bolívar, la Suba Gaitana, con el mismo paso y ritmo caótico de siempre. También estaba tu casa Eduardo, o la que fue tu última casa, o la nuestra, si algo tuve yo allí contigo.A la altura de la 59, justo sobre el Blockbuster, seguía ese edificio maravilloso, desde donde veíamos los atardeceres y celebramos alguna victoria pírrica de la Selección lanzando agua y harina desde el balcón.

Y se me apretó el corazón, y me mordí los labios y te juro que estabas ahí Eduardo. Aunque pasamos rápido en el coche, te juro que alcancé a verte saliendo de tu casa Eduardo, vestías esos pantalones de pana medio anaranjados, perdón, terracota, y encendías un Belmont. Todo fue muy rápido pero eras tú. Seguro te ibas a encontrar con mi otra yo, con la que nunca partió con tu otro yo. Me puse triste Eduardo. Porque esto también es tuyo, porque la última vez que vi todo esto ibas apretando mi mano y sonriendo de emoción.

Por primera y última vez en mi vida quise retroceder el tiempo Eduardo y tenerte otra vez como antes, y nuestra casa como antes, y nuestra vida de antes que iba y venía por la carrera séptima que hoy es como un álbum de fotografías viejas. Pero aquí y ahora sé que nada volverá a ser como antes, no hay otra ciudad, solo una, solo ésta, la que se partió en el antes y el después.

Bajamos por la 72 y tomamos la novena, la novena verde que también me gusta mucho y que termina por dejarme en casa, la mía, la de mi familia, justo frente a la sinagoga. Un lugar que ya existía antes de ti Eduardo, que me da un poco de refugio y desde donde te escribo ahora, un final de tarde de miércoles de gente que trabaja y enfrenta el inexorable destino de tomar una buseta abarrotada para regresar a casa. Todo para decirte, Eduardo, que ya estoy en casa, que ya estoy aquí y te imaginarás todo esto, pues no creo que vayas a leer estas líneas. Son las cartas que te escribo pero no te envío. Para ti, pero por ahora se quedan conmigo.

Quizás, a lo mejor, algún día me anime a enviártelas de verdad. Por ahora me contento con escribirlas e imaginar que las recibes en un sobre blanco con una estampilla alusiva a las orquídeas colombianas. Y te sientas en una mesa junto a una ventana del Café Comercial y ordenas un cortado mientras enciendes un cigarrillo.

Y lees esto y se te dibuja una sonrisita en los labios.

Y pensarás en mi.

Y talvez no me odies.

Y quizás me extrañes.

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