Martirio Secretos

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Martirio Secretos llegó a ser reconocida en la ciudad por nada más de lo que su mismo nombre decía, por los secretos. Martirio Secretos, decían todos, tenía siempre lo que todos buscaban, y lo vendía a buen precio, razonable. Y aunque al principio les parecía una tontería – ¿un secreto?- una locura, la última de Martirio, que en sus últimas, se despertó un día con la idea de vender secretos, los suyos, solamente los suyos.

 


Sacó del cajón del escritorio unas cuantas hojas y sobre ellas escribió, Martirio Secretos tiene un secreto para ti, estoy en la calle de los Pensamientos Largos, en el número 16, tercero a la derecha, a cualquier hora. Martirio Secretos juntó las hojas, tomó un poco de celo y los repartió a lo largo y ancho de la calle de Los Pensamientos Largos.

La verdad es que no hizo muchos, o los pegó todos muy unidos. Al final de la tarde, la calle de Los Pensamientos Largos, que siempre había pasado inadvertida para todos – siempre tan tranquila- terminó empapelada con esta extraña propuesta. Los postes de la luz, la parada del autobús donde todos los vecinos esperaban el 83 que los llevaba sin prisa por las calles del centro, y hasta la tienda de alimentación de los chinos que muy a regañadientes permitieron que el aviso adornara la puerta de vidrio de la entrada. Sin siquiera comprender el servicio que ofrecía Martirio Secretos.

Nadie sabe muy bien cuánto tiempo pasó hasta que surgió el primer arriesgado, o mejor, curioso cliente. Horas, días, quizás una semana, es difícil medir el tiempo en la calle de Los Pensamientos Largos porque todos los que vivían allí ya habían dejado de pensar en eso, sólo lo dejaban pasar y ya. Pero cuando los primeros vecinos descubrieron el anuncio de Martirio Secretos entre otros viejos avisos como el de una estudiante canadiense que buscaba habitación – ¿la habrá encontrado?, peruanos dispuestos a reformar y pintar toda clase de inmuebles y un ruso que se ofrecía desde tiempos remotos a dictar clases de clavicordio – con el impopular detalle de solicitar al futuro alumno llevar su propio instrumento-, pensaron inmediatamente que Martirio, la vecina conocida por su bello aspecto a pesar de los años, había tocado fondo. Necesidad, aburrimiento, lo que fuese, los ancianitos de la calle de Los Pensamientos Largos dedujeron que Martirio ofrecía su cuerpo –nada despreciable, según los octogenarios de la zona- por unos cuantos duros, por ganarse la vida, por divertirse mientras el tiempo pasaba ante los ojos de todo el vecindario.

Escándalo. ¡Qué horror! Rumor viene, rumor va, y nadie que se atrevía a decirle algo a Martirio, que seguía sonriéndole a todos mientras esperaba cualquier cliente, el primero, o el último que tocó a su puerta con mucha discreción una tarde de esas primaverales que se debaten entre el frío y el calor, la noche definida por el reloj y la luz de un día que se niega a terminar. Busco a Martirio Secretos, dijo sin querer llamar la atención. Al otro lado del telefonillo nadie respondió, sólo el sonido carrasposo como de una chicharra le insinuó al visitante seguir hasta el tercer piso de la derecha.

Cuando Martirio abrió la puerta, se encontró con un hombre al que nunca antes había visto en su vida. Y él tampoco a ella. Vestido con el mismo traje gris con el que había acudido a su oficina en los últimos 27 años, rostro cansado, rostro viejo, recuerdos, tristeza, monotonía, siempre tristeza. Vengo por el anuncio, y el corazón de Martirio empezó a palpitar como el de una quinceañera, como si esos pechos grandes, abultados y morenos, fueran a lanzársele al rostro del señor que miraba tímidamente desde el vaho puerta. Pase usted, tome asiento, lo estaba esperando, le dijo Martirio Secretos queriéndose dar un aire de pitonisa que no tenía. Discúlpeme señora, sólo vengo por el anuncio y espero no haberme confundido, yo no soy de estas cosas….No, no, no, interrumpió Martirio sonrosada por lo que pudo pasar por la cabeza del cincuentón. Yo sé muy bien a que viene usted. Viene por un secreto mío. Pues bien, le diré, – Martirio había asumido un breve tono mercantilista- que un secreto completo le costará 100 duros, uno sencillo, es decir simplemente enunciado, 25 duros, y por inauguración, estoy promocionando tres por 200 duros. El precio incluye café o té y tostadas o galletas. Límite de máximo 1 hora, tengo más cosas que hacer, usted entenderá.

El hombre del traje gris tristeza, sin inmutarse aceptó la tarifa y pidió comenzar con un secreto completo de 100 duros, pago por adelantado, café sin galletas, por favor.

Esa tarde o noche de primavera, Martirio Secretos tardó 26 minutos y un café negro con dos de azúcar para revelar su primer secreto a un hombre desconocido que vestía un traje gris tristeza, que no bostezó ni un solo instante y se levantó al finalizar la sesión, le dio las gracias a Martirio Secretos y salió de la casa con una sonrisa que ya le era totalmente desconocida. Hasta tuvo la sensación de estar silbando una vieja canción olvidada y pensando en eso de que un secreto ajeno trae los propios. Y mientras esperaba el autobús 83, empezó a reírse sólo como un niño que afloja su corbata raída como en los viejos tiempos. Quién sólo se ríe, de sus picardías se acuerda, le dijo una vecina de la calle de Los Pensamientos Largos que también esperaba el 83. Sí señora, tiene usted razón, me río de cosas que ya había olvidado. Martirio Secretos es lo mejor que me ha pasado en la vida, dijo el hombre de traje gris tristeza antes de subirse al autobús que acababa de hacer allí su parada.

Rumor va, rumor viene. La anciana que había escuchado al hombre del traje gris tristeza no tardó en comentarle a los demás vecinos sus sospechas acerca de las nuevas actividades de Martirio, o Martirio Secretos, como se hacía llamar por los clientes. Rumor viene, rumor va, pero Martirio, con sus carnes justas, su piel canela de algún rincón del Caribe y sus años tranquilos, sólo pasaba por la calle de Los Pensamientos Largos y les extendía la mejor de sus sonrisas. Al día siguiente a la sesión con el hombre del traje gris tristeza, ya tenía a otros dos señores con trajes similares, esperando su turno en la puerta de su casa. Para evitar el escándalo del vecindario, adaptó una pequeña zona de espera en la sala de su casa y descubrió que le era más práctico atender a sus clientes en una mesita que tenía en la cocina. Así, el café o el té, las tostadas o las galletas, estaban siempre a la mano, y todos saben que no existe un mejor lugar para revelar un secreto que la cocina. Y dos clientes más que salieron satisfechos y sonrientes de la casa de Martirio Secretos sin siquiera revelarse el uno al otro lo que habían escuchado. Porque un secreto es un secreto, era el lema de Martirio cada vez que comenzaba una sesión. Y eso significaba un código de ética. Nadie revela un secreto, aunque haya pagado por ello, y más, cuando la misma Martirio certificaba que sus secretos tenían dos garantías imprescindibles: la primera, que eran estrictamente verdaderos y, la segunda, que eran irrepetibles. Secreto revelado, secreto que no podía venderse otra vez.

Y va de nuevo la sonrisa de los visitantes, el rumor de los vecinos y una clientela que cada día se le hacía mayor a Martirio Secretos. El poder infinito del boca a boca cuando ya los cartelitos hechos a mano por Martirio Secretos habían desaparecido de los postes, de la puerta de la tienda de alimentación de los chinos y de la parada de autobús.

El hombre del traje gris tristeza continuó con su visitas una vez por semana y ya con cita previa. Martirio Secretos apenas si tenía tiempo para atender el resto de su casa y hasta el resto de su vida. Desde las nueve de la mañana hasta las ocho de la tarde tenía clientes. Y no sólo hombres como fue al principio. Por su puerta empezaron a circular altas ejecutivas, altas amas de casa silenciosas y sumisas, algunos políticos dispuestos a pagar millones por cualquier secreto, deportistas desahuciados, actrices y actores en decadencia. Todos querían un secreto de los que tenía Martirio, siempre tan a la medida de la necesidad de cada uno. Y todo bajo la más absoluta discreción, todo bajo el más absoluto secreto, por supuesto.

Puta, bruja, psicóloga, parapsicóloga, vidente, masajista, lesbiana, contrabandista. Los vecinos de la calle de Los Pensamientos Largos no atinaban a descubrir qué hacía Martirio Secretos con sus clientes que salían tan felices de su casa, por la módica suma de 25 o 100 duros, un café o té, tostadas o galletas y máximo 1 hora de atención –la promoción de los tres por 200 había terminado hacía un buen tiempo-. Todo eso para ellos era un secreto que no querían comprobar porque sería el fin de su tema de conversación y todo volvería a ser como antes. Así que hasta los vecinos eran felices con el secreto de Martirio Secretos.

Y así fue por varios meses, cuando la fama de Martirio Secretos, que despertó un día sin más secretos que contar, recorrió toda la ciudad y todos querían una cita con ella. Cita que al mejor estilo de las estrellas de revista de Hollywood no era concedida en un plazo inferior a tres meses, según lo informaba una asistente de acento panameño que Martirio había contratado para no ser interrumpida durante sus sesiones.

Con una agenda completa durante varios meses venideros y una cuenta de ahorros abultada, Martirio Secretos se despertó una mañana con la amarga sensación de que ya no tenía nada más que contar. Había revisado cada rincón de su vida y en un cuadernito donde tenía apuntado los secretos que vendía para no negociarlos dos veces, contó 23.732 secretos, con fecha, título y nombre del comprador. No le quedaba ni uno más. Y así, sin saber muy bien qué hacer, Martirio Secretos no podía trabajar. Le dijo a su asistente de acento panameño que cancelara todas las citas de aquel día de caluroso verano, que se quería tomar el día libre. La asistente de acento panameño hizo un gesto de asombro, de preocupación, casi de desespero. Miró la agenda, contó quince nombres anotados en letra menuda, abultados uno bajo el otro y con resignación tomó el teléfono y comenzó a llamar.

Rumor va, rumor viene. La noticia de que a Martirio Secretos se le habían acabado los secretos recorrió la ciudad como la propagación de un incendio en medio de un bosque en un día de verano. La asistente de acento panameño no logró convencer a nadie con la historia de que Doña Martirio se sentía indispuesta ese día, un poco enferma, una alergia de verano, algo así. Cada uno de los quince clientes que recibió la llamada ese día no tardó en contárselo a otros quince conocidos y asiduos de los servicios de Martirio Secretos. Y así, antes de que el sol llegara a su posición de insoportable mediodía, toda la ciudad sabía que a Martirio Secretos se le habían acabado los secretos. Hasta los vecinos de la calle de Los Pensamientos Largos notaron que ese día no había llegado ningún cliente y empezaron a conjeturar. Se la han llevado presa por bruja estafadora, dijo uno. No hombre, que se enamoró de su asistente y se han ido a vivir a otro país, dijo otro sentado en la parada del autobús 83. ¡Que va! A mi me ha dicho un médico amigo que sabe de muy buena fuente que Martirio sufre una penosa enfermedad y que por eso ya no podrá atender a nadie, señaló una de las ancianas mientras abría una sombrilla para protegerse del sol. Y va de nuevo que por puta, bruja, psicóloga, parapsicóloga, vidente, masajista, lesbiana o contrabandista, Martirio Secretos había dejado de trabajar ese día.

Toda la ciudad no hablaba de otra cosa mientras Martirio Secretos, sentada en su despacho de la cocina, leía uno a uno los 23.732 secretos que había contado hasta el día anterior. Y con una tristeza que le fue llenando el cuerpo secreto tras secreto descubrió su propia vida anotada en ese cuaderno. Tomó una calculadora y multiplicó los 23.732 secretos por100 y 25 duros, y concluyó que hasta ese día, su vida valía poco más de 2 millones de duros, uno más, uno menos, quizás. Quiso llorar porque no entendía nada. En la mañana que se levantó con la idea de vender sus secretos sólo pensaba en hacerlo para tener a alguien con quien hablar, para poder repasar su vida con alguien, para salir del silencio, para tener una compañía con quien tomarse un café o té con tostadas o galletas. Se sentía sola, nada más.

Y ahora, después de venderlos todos, de contarlo todo, se descubrió más sola que nunca. Sola y violada, porque una mujer sin secretos es una mujer que no le interesa a nadie, como un cuerpo de usar y desechar. Y por más que el hombre del traje gris tristeza regresara una y otra vez, Martirio Secretos sabía que no era su amigo, ni lo sería nunca, era sólo un cliente, un comprador, un usurero. Como le suceden a las putas, a las brujas, a las psicólogas, parapsicólogas, videntes, masajistas, o contrabandistas.

Desde la cocina, y con la voz entrecortada, Martirio Secretos le dijo a su asistente de acento panameño que se tomara el día libre, o mejor, que no regresara hasta que ella la llamara nuevamente, y que no se preocupara por su paga.

Cuando la asistente de acento panameña cruzó la puerta del edificio número 16 de la calle de Los Pensamientos Largos, encontró a una multitud que se agolpaba en la calle, murmurando, especulando, esperando alguna señal. Toda la ciudad había marchado hasta allí para exigirle a Martirio Secretos la reanudación de sus actividades. Alguien pasó un millar de hojas firmadas con teléfonos y números de identificación en la que la asistente de acento panameño reconoció a todos, o casi todos, los nombres que tenía apuntado con letra menuda y abultados uno bajo el otro en su agenda de citas. Todos exigían el respeto de sus derechos, su derecho a un servicio pactado con anterioridad. Hasta los vecinos de la calle de Los Pensamientos Largos reclamaban su derecho a la libre asociación y al libre rumoreo, y para eso necesitaban que Martirio Secretos regresara a lo suyo, a la venta de secretos por 100 o 25 duros, café o té, galletas o tostadas.foto_22667_cas.jpg

En medio del calor sofocante, de los cuerpos sudorosos, alguien le dijo a la asistente de acento panameño que también ella debía reclamar su derecho al trabajo, a la no explotación ni a la discriminación por inmigrante y cosas por estilo que terminaron por convencerla y sumarla al mitin que se había organizado en la otrora tranquila calle de Los Pensamientos Largos.

No faltaron la prensa, la radio y la televisión, con sus antenas, sus miradas, sus cámaras, su parafernalia; los malabaristas antiglobalización, los vendedores ambulantes – de cerveza, agua, sombrillas, estampas de Martirio Secretos y discos piratas de moda-, los grupos de rock, de música protesta, andina, de todo un poco.

Apareció un político corrupto con un altavoz prometiéndole a las altas ejecutivas y a las sumisas amas de casa lo divino y lo humano, prometiendo a Martirio Secretos como un servicio obligatorio y social en caso de ser elegido. Un secreto no es un derecho, es una obligación, gritaba ante el aplauso furibundo de los asistentes que se abanicaban con diarios, revistas y cartelitos de Martirio Secretos tiene un secreto para ti. Apareció un deportista desahuciado jugando con una pelota y firmando autógrafos, y algunos actores y actrices decadentes, que hacían saludos con la mano, como si pensaran marcharse hacia algún lugar, mientras el flash de las cámaras los guardaban para el recuerdo. Y dos hombres con trajes de ejecutivos sudaban a chorros y comentaban entre ellos cuando podría salir Martirio Secretos a resolver la situación.

Rumores, arengas, gritos, calor, mucho calor. Nadie entre la multitud sabía qué esperar, o cuánto esperar, pero todos querían a Martirio Secretos, que terminaba de leer el secreto número 23. 321 en su despacho de la cocina frente a un ventilador ruidoso que la abstraía de todo lo que sucedía allí afuera.

Rumor va, rumor viene. Se ha ido, se escapó por la puerta trasera, dijo un vecino. No, creo que he visto a alguien entrar, está con algún cliente muy especial, el presidente quizás, dijo otro anciano. No, yo sentí un ruido extraño, quizás se haya suicidado, advirtió otra vecina. Y fue cuestión de segundos para que el rumor recorriera toda la calle de Los Pensamientos Largos y el pánico se apoderase de todos. ¡No puede irse con los secretos a los que tenemos derecho!, era la opinión popular, y el político corrupto, que pagaría millones por un secreto cualquiera, levantó el altavoz sobre las cabezas e hizo un llamado al sentir popular, a la democracia. ¡Es hora de que el pueblo se manifieste! Gritaba mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo perfumado, ¡Vamos a entrar y a tomar lo que es nuestro! Y no bien terminada de pronunciar la última palabra, toda la ciudad se había abalanzado contra la puerta, la había derribado y se enfilaba hacia la tercera planta, primero a la derecha, camino que todos conocían a la perfección.

Martirio Secretos, sentada sobre su despacho de la cocina, alcanzó a escuchar, entre los giros del ventilador, un golpe seco sobre la puerta y se asustó un poco. Terminó de leer el secreto número 23.732, con fecha del día anterior y vendido a un político corrupto que pagaría millones por un secreto cualquiera, cuando vio al hombre del traje gris tristeza parado sobre el vaho de la puerta de la cocina tal como lo había hecho la primera vez que vino a comprar un secreto. A Martirio Secretos el corazón le palpitó nuevamente como el de una quinceañera, como si esos pechos grandes, abultados y morenos, fueran a lanzársele al rostro del señor para agradecerle por estar allí, por preocuparse por ella. Se levantó para abrazarlo y sentir la caricia de un amigo cuando la turba lo empujó hacia un lado y se lanzó sobre ella como una manada de hienas poseída por el hambre, el calor, la angustia y embriagada por la histeria.

Eso fue lo último que vio, escuchó y sintió Martirio Secretos y lo único que no se lo contó a nadie. La tomaron de los brazos, de las piernas, alguien le rasgó el vestido de seda fresca que la cubría del verano. Otro alguien derribó el ventilador, junto al cuerpo desnudo de Martirio Secretos que, callada, se dejaba acariciar por sus clientes, como en un estado de éxtasis, seducida, atemorizada, paralizada, casi muerta, ida con sus secretos. Alguien tomó un cuchillo, alguien encendió un fósforo. Todos gritaban embriagados de júbilo, de alcohol, de calor, de histeria. Alguien vio la sangre correr por el suelo de la cocina, otro alguien buscó un secreto entre las carnes de Martirio Secretos que florecían de sus entrañas como el secreto mismo de la anatomía de quienes no se conocen por dentro.

Alguien tomó un mechón de su cabello como recuerdo, un trozo de su vestido de seda fresca, un ojo que había rodado hacia la estufa donde se enfriaba el café o el té. Una oreja, la lengua que desapareció entre la multitud de mano en mano y el humo y un olor a quemado que se adueñó del lugar. Alguien gritó fuego, y todos empezaron a gritar embriagados de júbilo, alcohol, calor, de histeria. El político corrupto soltó el altavoz, el deportista desahuciado dejó de firmar autógrafos y jugar con la pelota, los actores y actrices decadentes también dejaron de saludar con la mano. El hombre del traje gris tristeza gritó que no era de hacer esas cosas y rompió el vidrio de la ventana. Alguien se lanzó por allí. Y otro, y otro, y uno más.

Alguien vio como un cuadernito con números anotados que llegaban hasta el 23.732 se consumía lentamente con las primeras llamas. Finalmente, alguien con un marcado acento panameño tuvo el detalle de cerrar la puerta al salir para que el olor a carne quemada no se propagara por la calle de Los Pensamientos Largos. Por aquello de guardar el secreto, dijo un vecino mientras abordaba el autobús 83, el mismo que cruza la calle de Los Pensamientos Largos hacia el centro de la ciudad.


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