Veladas Geográficas

orlandito.jpgTrazo un mapa en mi cabeza compuesto por un sin fin de líneas de colores típicos de los mapas escolares. Los que vi en las clases de geografía, cuando el mundo no estaba lleno de tantos países desconocidos. Creo que ahora el mundo es un lugar lleno de nombres raros, el mundo ya no es mundo, no el viejo mundo. Son cosas…

No obstante, en el mapa de mi cabeza no existen tantos países. Existen unos pocos y no están donde acostumbran estar en el planisferio que cuelga en ciertas paredes como las de mi oficina. En mi mapa, mis países están arrinconados como boxeadores, cada uno en una esquina, en mejor o en peor estado que el otro. Cada uno a su vez ha sido campeón mundial de todos mis pesos, ostentado una corona de hojas verdes, ribetes dorados y una placa grabada con frases enaltecedoras y campeón de todos los pesos y todos los mundos. Ahora los puedo ver cada uno en su esquina, jadeando, recibiendo dosis de valentía, vaselina y suturas provisionales sobre la ceja cortada, en el ojo que se cierra; la hinchazón, los golpes a la altura del hígado y los riñones.

Eso es lo que te mata, dicen los campeones.

Como sacos de patatas. Concentrando la vista, viendo doble lo singular de este ring de países. Un cuadrilátero con más esquinas de las habituales.

Yo pago entrada de primera fila, con un Habano entre los dientes blancos relucientes y alguna incrustación de oro.
Yo en primera fila viendo el combate de mis países que se disputan mi titulo mundial de los pesos tristes, de los pesos solos, de los peseteros. Un peso completo y macizo. Ahí estoy en primera fila agitando un sombrero blanco de vaquero sin vacas ni caballo, agitando pulseras de oro y escupiendo blasfemias contra todos, quemando unos cuantos dólares con la derrota de los gladiadores. Ahí estoy yo sobre el cuadrilátero, sin un atisbo de pelo en la cabeza rigiendo un combate desleal, viendo los golpes bajos, y hablando a los gritos para que me escuchen los aturdidos sacos de patatas que no cansan de golpearse. Ahí estoy yo sacudiendo un brazo en un conteo de seguridad, en el conteo de un nocaut, en el nocaut técnico. Ahí estoy saltando de un lado a otro y ajustándome una de esas camisas a rayas que tanto me gustan como me luce, no está mal para ser un arbitro de peleas de cuarta o quinta categoría, de tercer o cuarto mundo en escenarios que huelen a orines de gato, con cuerdas viejas y lonas manchadas y desgastadas. Ese es el destino inexorable de los malos jueces que con mirada serena favorecen a un luchador y siempre dice que no pasa nada y a seguir pegando cada vez que el otro se queja de un golpe bajo, de una palabra soez, de un abrazo mal dado.
Es increíble que en el combate de mis países algunos tengan el descaro de pedir un poco de justicia. El mundo no es justo grito yo desde una esquina, con el balde en la mano, con la toalla al hombro, manchada de sangre y babas.

Y grito, y grito, para que uno de mis países se despabile en medio de la guerra. Y le doy un masaje a sus hombros, a sus brazos sudorosos; le doy golpes en las mejillas, le miro a los ojos para que despierte, para que recobre el sentido de la unidad visual, visión doble, mundos dobles, dobles vidas, una de verdad, otra de mentiras. Mentiras, golpes de mentiras es lo que espero recibir cada vez me paro frente al contrincante en un cuadrilátero repleto de gente, de boxeadores que esperan su vez para darme una paliza secular. Golpe a golpe me enfrento, y apuesto, y me suturo las heridas y cuento los segundos de mis caídas, de mis resurrecciones a la mitad del octavo asalto. Mis mundos y mis países, mis boxeadores y mis campeones mundiales. Todo soy yo, un mapa soy yo, un mapa de mi mismo que nadie logra descifrar. Porque el sitio señalado con la X es donde yo estoy después de haber sobrevivido a los combates del día, de los países, de los mundos.

En esa X me siento a esperar, con mi cinturón de campeón mundial atado a la cintura, sin escuchar un sólo aplauso, sin siquiera ver la modelito que pasa con el cartel de los rounds. Hace tiempo que no pasa. Hace tiempo esto parece un asalto eterno, de un mapa que nadie usa. Y yo me aburro con el cinturón de campeón de nada, campeón con título y nada más.

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