Las Tardes grises de Bratislava

Bratislava hace algún tiempoCasi sin querer mi mirada cayó sobre su tarjeta de embarque. Se iba a Bratislava. Y lo único que se me ocurría pensar era donde podría estar Bratislava en una tarde lluviosa de otoño.
Debía estudiar filosofía o algo por el estilo.
Bratislava podría estar en Polonia ya que entre bromas nerviosas de despedidas ella le decía al chico ¿Que debo enviarte? Ah, si el libro de filosofía en polaco…..
¿Estará Bratislava en Polonia? ¿O en Eslovaquia?

En Eslovaquia estaría bien…..

En algún lugar del Este, pensé. En algún lugar del este donde seguro estará haciendo un frío bárbaro en este momento. Y me parecía, recayendo en un sentimiento absolutamente paternalista, que la chica no iba lo suficientemente abrigada para llegar a un lugar llamado Bratislava, donde probablemente le esperaría un cielo tan gris como el supuesto edificio de filosofía en el que un hombre también vestido de gris comenzaría una retahíla sobre los grises pensadores alemanes del siglo XIX, o quizás la escuela de Frankfurt.

Sólo de pensarlo se me cayó un suspiro impregnado de gris.

El chico la acompañaba en la fila que avanzaba lenta y sin ganas. Sabía que quedaba poco para la inminente despedida.

Sin embargo sonreían

Y soltaban alguna broma en catalán. Y fingían una sonrisa gris que no alcanzaba a empañar la tristeza de sus ojos. Unos ojos jóvenes capaces de comerse al mundo si no fuera por esos estudios de filosofía – y la misma postura de pseudofilósofos- que les impedía experimentar esa fragilidad de copa de cristal en que se nos convierte la piel en el momento justo de las despedidas. Al borde de esa detestable fila que avanza sin avanzar, que se llena de objetos metálicos inútiles y miradas impacientes.

Y resoplidos grises

Y mi corazón recogido, enternecido por ese adiós que sucedía justo delante de mis ojos. Con esa tarjeta de embarque con destino a un lugar llamado Bratislava y que seguro le quemaba los dedos.

Quizás no pasaban de los 23.

Y aún así parecía que ya habían cerrado la puerta a los arrepentimientos, a los cambios de idea, a esas decisiones tan intempestivas pero tan viscerales que se toman en momentos como ese a edades como esa; en esa fila que se extendía en adioses grises, abrigos, teléfonos y bolsas.

Lo único que deseaba en ese momento – a parte de saber a ciencia cierta donde estaba Bratislava- era que ese beso que se dieron casi a hurtadillas, fuera más sentido, más largo, más triste. Y que él no diera unos pasos atrás, dejándola casi al borde del abismo, para despedirse con frases tontas a dos metros de distancia.

Me habría hecho feliz verla abandonar esa fila, alejarse del abismo, mandándolo todo al diablo, y bajar de la mano del chico por las escaleras eléctricas, esas que están a nuestra espalda y que solo suben, para evitar un re-arrepentimiento.

Pero no lo hizo. Aún se iba para la tal Bratislava. Esa ciudad fría y gris que tenía delante mientras sus ojos seguían clavados en la mirada del chico pseudofilósofo que la dejaba ir sin más, atrapado en esa americana de pana tan filosófica, como si fuera una jaula. La jaula que le impedía pedirle que se quedara junto a él, lejos de esa puerta de embarque y de ese vuelo absurdo que la llevaba a otro planeta.

Pero no lo hizo. Solo aferró sus manos a los barrotes y allí se quedó, acariciando el aire que cada vez los distanciaba un poco más.

Ella posó su bolso sobre la banda de rayos X, junto a los pendientes que se acaba de quitar. Pasó por el aro gris y el grillo comenzó a cantar.

La agente la miró y le preguntó si llevaba algo metálico.

El chico ya no estaba. O al menos ya no se sentía ni su voz ni su presencia; había desaparecido de la escena de una forma tan plana que me pareció vulgar.

Ella lo negó con la cabeza y la agente le pidió la tarjeta de embarque. A lo mejor también ella se preguntó donde diablos podría estar Bratislava, pero ella es un agente de aeropuerto y estará acostumbrada a leer los destinos más dispares. Tras una rápida revisión la dejó pasar.

A mi no me cantó el grillo. Quizás porque no resulto de ningún interés para el aro gris o para los agentes que revisan destinos. Yo no iba para Bratislava.

La vi recoger sus cosas de la cinta. La vi detenerse un instante y girar su cabeza hacia atrás. Pero no vio al chico por ningún lado. A mi tampoco me vio, a pesar de estar a unos pocos metros de ella.

Pensé en alcanzarla y advertirle de su error. Decirle que aún podía regresar y dejar que Bratislava siguiera siendo un enigma en mi cabeza.

Pero no lo hice. Perdí la oportunidad de cambiar el destino de una persona. Así como quizás otra también habrá perdido la oportunidad de cambiar la mía. Como tantos la pierden a cada segundo en un día. Un día gris. Que seguro será lluvioso en Bratislava. Dondequiera que esté. Y estemos.

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