Heroes interruptus

el viejoClaro que puedo recordarlo bien. Estaba ahí. Impávido, triste, casi dormido. Como si la vida pudiera extenderse más allá de lo comprensible.

El más allá. La fecha fija. El día marcado. La hora señalada.

Y el intervalo que separa el principio del fin es eso nada más. La espera taciturna bajo la sombra de la noche más noche. Y con más olor a tabaco y a amores baratos que alguien alguna vez pudiera imaginarse. Pero estaba ahí, impávido el coloso. El héroe de todas las batallas que pudimos memorizar en el pizarrón del colegio de la Calle 23, entre otras lecciones de geografía, lengua y biología.

Estaba ahí, sentado, triste y borracho el héroe, el conquistador cuyo nombre brotaba de los labios de la señorita Lavalle en sus clases sobre los amores y las guerras que solo se han ganado en nuestros maltrechos libros de historia patria y pública.

Estaba ahí y lo reconocí de inmediato, como si de un viejo amigo se tratase.

Su rostro duro y sus pómulos hundidos hasta pegarse al hueso para no caer. Su barba esforzada y sus cejas marcadas. Tan indefenso, pero aún guerrero con el uniforme sucio de borrachera y sangre seca. Cansancio de barra de bar de mala muerte. Botellas vacías. El héroe dormitaba, casi levitaba, sobre los restos de una derrota anunciada en papel parafinado y firmado con pluma estilográfica de manual de caligrafía.

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