Archivo mensual: junio 2007

Adiós al Charro de América

Que nos entierren con la banda

Sin duda alguna, la palabra “tradición” es la más degradada de este siglo. Con una velocidad de vértigo, ha ido adquiriendo una connotación tan peyorativa hasta alcanzar el estatus de “algo anclado en el pasado”, que se niega a evolucionar, a “actualizarse” como se dice en el argot internético de hoy. Lo políticamente correcto, dicen los que tanto saben, es hablar de “herencia cultural”.

Pero lo malo de la “herencia cultural”, es que ha convertido a la tradición en una pieza de museo, en un objeto de muestra folk – clórica, que se expone como si fuera una escultura, o la figura de un mamut en el museo de historia natural.

Eso es lo que pasa con Antonio Aguilar, el “Charro de México”, que acaba de montarse a su caballo blanco y partir desde su Zacatecas natal hacia el inefable mundo de los recuerdos.

Ahora le llamaran “herencia cultural” al hombre que grabó más de 160 discos, participó en más de 150 películas, y fue compañero inseparable de más de un despechado en un bar de mala muerte al lado de una botella de tequila o aguardiente en su defecto.

Me uno al coro de las más de diez mil personas que fueron a despedir al Toño a la basílica de Guadalupe, con esa frase de viejo en la cabeza que me repite una y otra vez eso de que “los jóvenes de hoy ya no saben divertirse”.

O quizás sí, porque sólo se dedican a eso: a divertirse sin más.

Talvez porque comí las últimas migajas de ese pan duro y viejo que alguien llamó bohemia y ese romanticismo tan latinoamericano, que antes de dar paso al vértigo del “igualismo cultural”, me tuvo sentado largas noches cantando rancheras etílicas e inolvidables junto a amigos que ya no están y evocando mujeres olvidadas, que han crecido, se han casado y ahora crian a sus hijos con música de “usar y tirar”.

Allí estaba Aguilar, evocando esa figura tan “revisited” y políticamente incorrecta, del macho latinoamericano, de bigote poblado, sombrero ancho, siempre sobre un caballo y siempre en las andanzas por el amor de una mujer.

Y allí estábamos nosotros, brindando por él, por Pedro Infante o por Maria Félix, entre entonaciones desastrosas, discos viejos robados a nuestros padres, junto a sus botellas de whisky y las películas en blanco y negro de un sábado por la tarde.

Adiós a Antonio Aguilar y a las serenatas con rancheras en la mitad de la noche, junto a mariachis de ocasión que cobraban por canción y a cambio de alcohol. Junto a un balcón que parecía doble, y las copas levantadas, y todo de un sólo trago y “aunque mal paguen ellas”. Porque con Aguilar, el hombre que introdujo el charrismo por nuestras tierras también ha muerto un poco de lo que fuimos y queríamos.     

Y como dicen los viejos “el mundo ya no es como solía ser”, es algo inevitable. De repente lo que creíamos vida, hoy se llama “herencia cultural”, o viejas costumbres en el mejor de los casos. 

Y Antonio Aguilar se ha ido, y Flor Silvestre no es más que una viuda desconsolada.

Con Joselito, para la historia       

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Clochard

No es el Clochard, pero da una ideaDesde el Clochard no se ve el mar. Aún no.

El velero está encallado en la montaña, a la espera de ser velero, sostenido por vigas de acero que fingen que el mar es el aire. Y la verde montaña un vasto océano por descubrir, surcado por cultivos de tomates, habicuhelas y maiz-

Al Clochard le falta el mástil, que aún reposa en el fondo del lecho terrenal junto a un improbable raíl de un más que improbable tren, pero no pierde su dignidad de barco en construcción, con una quilla recién pulida tan mansa como los perros que rodean al capitán en sus horas de tierra firme.

En sus horas de mar de aire.

Cuando se sienta en la cubierta del Clochard para acariciar con sus manos ásperas y castigadas por el salitre ese cuerpo desnudo que flota en el aire.

Y sus dedos recorren ese cuerpo adolescente, y sus ojos revisan cada detalle de ese esquelo robusto de madera que sus manos van configurando.

Ahí, sostenido en el aire, navegando por la curvas del Clochard en medio de un colina donde el mar son hojas verdes, el capitán se siente bien.

En  la conversación pausada y sin prisa, que habla de un futuro que se construye lentamente en los ratos de descanso, mientras un pequeño tiburón de 6 años llamado Francesca da vueltas alrededor del Clochard con el ritmo torpe de quien está aprendiendo a montar en bicicleta.

Y Gianni, el marinero que le perdió la gracia al mar, ofrece vasos con ron desde lo que muchos creen que es tierra firme, sin animarse del todo a embarcarse en el Clochard  y escuchar el diario de a bordo de Le Professeur, que lejos de la física, la química y esa tripulación corsaria que son sus aprendices, analiza minuciosamente con el capitán la ruta que debe seguir el Clochard en esa tarde sin brújulas ni estrellas que sirvan de orientación.

Vaya grumetesPero aún así, sin casi moverse, sin vela, ni mástil, ni brújulas, ni estrellas, todos navegan lejos. El Clochard, lejos de las lluviosas y nostalgicas calles de un Paris que ya no existe; Le Professeur, del olor a tiza y los problemas con solución posible. El capitán, de su mar verde y sus peces adormecidos; y Gianni, de esos otros días, dejándose llevar por una marea invisible que a ratos lo estrella contra las rocas por el puro placer de sentir es inmóvil movimiento.

Todos en esa lejanía de mirada perdida de grumete en un atardecer tranquilo de sábado, con un viento tan tenue que apenas alcanza a balancear el oleaje de ramas y hojas verdes que se ven en un irregular horizonte.

La única que parece estar en su sitio es Francesca, que se divierte como un tiburón dando vueltas en su bicicleta titubeante mientras le grita a Gianni, su padre, que aleje a los dos perros que la persiguen juguetones.

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