Archivo mensual: noviembre 2007

Norman sin excepciones

Mister Norman MailerPodría recordarlo en distintos momentos de mi vida, pero al final, para mí Norman Mailer  es un colchón mullido en el suelo de una habitación infestada de humedad en una noche perdida del barrio de Moratalaz.

También podría ser una sala de aprendices de Norman Mailer en Bogotá, o un Ali Bumaye en ojos de Spike Lee; pero por alguna extraña razón prefiero reconfortarme con el recuerdo amargo pero tremendamente pletórico de ese triste cuarto.

Talvez porque solemos guardar un cariño especial a todo lo que nos sirve de refugio ocasional cuando las cosas van mal. Y en aquellos días las cosas iban realmente mal.

Tras el aterrizaje despanzurrado en Madrid y el consiguiente abandono de un amor tan efímero como el dinero que llevaba en los bolsillos, ese rincón de un bajo de Moratalaz era poco más que un campo de batalla lleno de cadáveres olvidados y bayonetas enterradas donde me tumbaba en medio de la hiedra húmeda y el despecho y me entregaba a cada una de las 576 páginas de la Canción del Verdugo.

Y en medio de la noche cerrada y los estómagos vacíos de la austeridad y la desdicha de Gary Gilmor (A.K.A mister Mailer) me perdía robándole horas al sueño, a los pensamientos largos e inútiles y a esa infelicidad de la sinrazón. Y sólo Mailer tenía derecho a decir algo, a describir lo que pasaba en esa habitación que era al mismo tiempo una celda fría de un tiempo lejano en ese más que lejano país.

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Recuerdo que ese bajo de Moratalaz tenía en su patio una higuera de frutos insípidos y que la Canción del Verdugo tenía la portada amarilla y que como Gilmore, lo mejor era asumir que cumplir cada uno su condena era el único camino posible.

Atrás quedó la humedad de Moratalaz, mis esfuerzos por ser un Maileriano de Nuevo Periodismo, Gary Gilmour y los días “en que fuimos reyes”.

Ahora también se queda Norman Mailer, 84 años después y una vida errante de continuos comienzos y secuelas (6 matrimonios y 9 hijos).

Se va justo ahora, cuando el invierno empieza a entrar otra vez y nos hundimos en los abrigos con esa mirada melancólica. Y nos convertimos, cómo no señor Mailer, en testigos de excepción de nuestra propia existencia.

Lo que no sabemos es si al final de todo, podremos contarla con la misma intensidad y honestidad.

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