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Norman sin excepciones

Mister Norman MailerPodría recordarlo en distintos momentos de mi vida, pero al final, para mí Norman Mailer  es un colchón mullido en el suelo de una habitación infestada de humedad en una noche perdida del barrio de Moratalaz.

También podría ser una sala de aprendices de Norman Mailer en Bogotá, o un Ali Bumaye en ojos de Spike Lee; pero por alguna extraña razón prefiero reconfortarme con el recuerdo amargo pero tremendamente pletórico de ese triste cuarto.

Talvez porque solemos guardar un cariño especial a todo lo que nos sirve de refugio ocasional cuando las cosas van mal. Y en aquellos días las cosas iban realmente mal.

Tras el aterrizaje despanzurrado en Madrid y el consiguiente abandono de un amor tan efímero como el dinero que llevaba en los bolsillos, ese rincón de un bajo de Moratalaz era poco más que un campo de batalla lleno de cadáveres olvidados y bayonetas enterradas donde me tumbaba en medio de la hiedra húmeda y el despecho y me entregaba a cada una de las 576 páginas de la Canción del Verdugo.

Y en medio de la noche cerrada y los estómagos vacíos de la austeridad y la desdicha de Gary Gilmor (A.K.A mister Mailer) me perdía robándole horas al sueño, a los pensamientos largos e inútiles y a esa infelicidad de la sinrazón. Y sólo Mailer tenía derecho a decir algo, a describir lo que pasaba en esa habitación que era al mismo tiempo una celda fría de un tiempo lejano en ese más que lejano país.

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Recuerdo que ese bajo de Moratalaz tenía en su patio una higuera de frutos insípidos y que la Canción del Verdugo tenía la portada amarilla y que como Gilmore, lo mejor era asumir que cumplir cada uno su condena era el único camino posible.

Atrás quedó la humedad de Moratalaz, mis esfuerzos por ser un Maileriano de Nuevo Periodismo, Gary Gilmour y los días “en que fuimos reyes”.

Ahora también se queda Norman Mailer, 84 años después y una vida errante de continuos comienzos y secuelas (6 matrimonios y 9 hijos).

Se va justo ahora, cuando el invierno empieza a entrar otra vez y nos hundimos en los abrigos con esa mirada melancólica. Y nos convertimos, cómo no señor Mailer, en testigos de excepción de nuestra propia existencia.

Lo que no sabemos es si al final de todo, podremos contarla con la misma intensidad y honestidad.

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El casete de Pavarotti

los tres y tresEl único día en el que mi madre se rindió (o fingió rendirse) fue cuando se convenció (o me hizo creer) que mi tozudez era definitivamente irremediable. Hacia poco había muerto mi padre y yo entraba con los dos pies a una adolescencia espantosa llena de desafíos a la autoridad materna y la incomprensión propia de una etapa en la que el mundo nos cabe en la palma de la mano, pero nosotros no nos ajustamos a ese mundo tan provincial, arcaico y, sobretodo, escaso de fondos.

Ese día, después de otra jornada de batalla campal entre los focos guerrilleros de mi adolescencia y su autoridad, mi madre dio su brazo a torcer y decidió, o fingió rendirse, que lo mejor era asignarme un “sueldo” mensual y que yo me buscara la vida. Así, superando las discusiones monetarias, mi pequeño plan adolescente-independentista-separatista se había apuntado un triunfo histórico (y a la larga pírrico).

Con mi primera provisión de fondos empecé a dar rienda suelta a mi proyecto de pseudo-dandy que pronto fracasaría estrepitosamente, como era de esperarse.

Ahora, tantos años después y tan lejos, no recuerdo muy bien porqué lo primero que hice con mi independencia económica fue comprar un casete del concierto de los tres tenores en una tienda de música tropical. Yo tenía 15 años y Bucaramanga, mi ciudad, era un hoyo arropado por constantes oleadas de vallenato, merengue y otros ritmos locales, lejanos, muy lejanos, del bel canto.

No sé. Quizás porque en esa etapa de la vida, somos todo lo que nos rodea. Somos una Adios Lucianoproyección en la pared, o esa imagen que se refleja en mil y un espejos. Yo era, o mi proyección era, ese casete, ese dandy provincial que fardaba de hombre culto y aficionado a la ópera delante de jovencitas enamoradas de las telenovelas de la noche. Y sólo porque tenía un casete que llevaba a todas las fiestas, pero que nadie me dejaba poner.

Haciendo gala de intelectual repleto de acné, me sentaba durante horas a escuchar el dichoso casete. Y ahí estaba Pavarotti, con ese vozarrón imbatible gritando “vincerooooó”, poniéndome los pelos de punta. O un “O sole mio”, que me llevaba a una más que tierna infancia, al coche de mi padre los domingos por la mañana o unos dibujos animados de Hanna-Barbera en las tardes sin colegio.

Ese es el único recuerdo que tengo de la primera y última batalla que gané en mi adolescencia. Como era de esperarse, mi gestión económica, propia de los proyectos revolucionarios, fue un rotundo fracaso. No sé en que malgasté el resto del dinero antes de volver con la cabeza gacha al redil de la mirada complacida de mi madre, pero el casete siguió conmigo durante muchos años.

Hoy, que todos los periódicos anuncian la triste muerte del Gran Luciano en su Módena natal, me vino a la cabeza la historia del casete de Pavarotti y mi fugaz incursión en el glamuroso mundo de la ópera que concluyó finalmente el día en que me quedé dormido en el teatro del Liceu de Barcelona durante un recital lleno de tenores y sopranos.

Juventud, divino tesoroComprendí entonces que no me gustaba la ópera, me gustaba Pavarotti. Su presencia en el escenario y su forma de expulsar notas que ponen los pelos de punta e irremediablemente te hacen llorar. Su forma de llevarte a ese lugar llenos de fotos descoloridas y sonrisas lejanas. Ese rostro bonachón y esa manera de mostrarnos que eso de la ópera puede ser interesante si se le quita tanta etiqueta.

Me entristece su muerte. Pero ahora que se ha ido llego a la conclusión que durante esos días de incertidumbre juvenil, chicas con faldas cortas, el calor pegajoso y bumangués de 23 grados y unos primeros pasos de baile que nunca llegué coordinar, Pavarotti era la única persona que me dijo algo coherente y esperanzador: “all’ alba vinceró”.

Aunque siga esperando el alba, escuchando a ratos el “nessun dorma”.

Si. Que nessun dorma.

Solo él.

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Estambul, viajes que comienzan cuando terminan

Estambul comienza Aparte de ser un escritor extremadamente perezoso, soy demasiado reflexivo para escribir in situ. Me gusta dejar que las imágenes reposen en mi mente hasta que, como en un proceso de destilación, las palabras vayan apareciendo como pequeñas gotas que caen en un tubo de ensayo.  Por lo general, pasan días, semanas e inclusive meses hasta que una de esas gotas caiga, si cae, en una hoja en blanco. 

Con Estambul, este proceso ha sido particularmente doloroso. Quizás por la cantidad de imágenes que me gustaría ver convertidas en palabras, o por la frustración al reconocer mis limitaciones parta transmitir con toda fidelidad las sensaciones que produce una ciudad como esa.  

Para ayudarme, o talvez esconderme, abro esa maravillosa auto-ciudad- biografía del escritor turco Orhan Pamuk, Estambul: ciudad y recuerdos, y me encuentro con que el libro comienza con una sencilla cita del poeta, también turco, Ahmet Rasim: “La belleza del paisaje está en su amargura”. 

Esta manera de introducir a un lugar como Estambul me hizo recordar que una de nuestras noches allí junto a Jose Mari y Pilar, una pareja de españoles que acabábamos de conocer en circunstancias propias de los viajeros. Entre una nargile y varios vasos de té, nos preguntaron qué era lo que más nos había impactado de Estambul 

es4.jpgSin pensarlo demasiado, respondí que el paisaje: la forma en la que todo se movía, ese trasfondo mutante que ofrece una ciudad que mira al mar Mármara, al Bósforo y al Cuerno de Oro al mismo tiempo. Con diferentes embarcaciones moviéndose de manera dispar; los pescadores que desde el puente de Gálata tiran una y otra vez su perseverante anzuelo mientras el tranvía corta la ciudad con una prisa inusual en esos 20 millones de estambulíes que se reparten diariamente este lugar de la misma manera en la que también se la disputan Oriente y Occidente.   

Todo bajo la inmutable presencia de imponentes mezquitas, el palacio de Topkapi, las llamadas a las oraciones y un atardecer que cae diariamente como si fuera lo último que quisiéramos ver en nuestras vidas, sin siquiera imaginar que al día siguiente todo será completamente diferente.  
Las mezquistas siempre vigilantes
Sin embargo, lo que ninguno de los cuatro que esa noche bebimos y fumamos en la trastienda de un antiguo cementerio otomano en plena Divan Yolu percibimos fue lo que Rasim y Pamuk, y talvez buena parte de los estambulíes aprecian de su paisaje y que lo hace realmente bello e incomparable: su amargura. 

Pero una amargura que, lejos de entristecer, sobrecoge y nos hace sentir parte de algo increíblemente vivo. Y que llevamos en nuestra piel para realmente comenzar el viaje, cuando nos creíamos ya de regreso.   

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Clochard

No es el Clochard, pero da una ideaDesde el Clochard no se ve el mar. Aún no.

El velero está encallado en la montaña, a la espera de ser velero, sostenido por vigas de acero que fingen que el mar es el aire. Y la verde montaña un vasto océano por descubrir, surcado por cultivos de tomates, habicuhelas y maiz-

Al Clochard le falta el mástil, que aún reposa en el fondo del lecho terrenal junto a un improbable raíl de un más que improbable tren, pero no pierde su dignidad de barco en construcción, con una quilla recién pulida tan mansa como los perros que rodean al capitán en sus horas de tierra firme.

En sus horas de mar de aire.

Cuando se sienta en la cubierta del Clochard para acariciar con sus manos ásperas y castigadas por el salitre ese cuerpo desnudo que flota en el aire.

Y sus dedos recorren ese cuerpo adolescente, y sus ojos revisan cada detalle de ese esquelo robusto de madera que sus manos van configurando.

Ahí, sostenido en el aire, navegando por la curvas del Clochard en medio de un colina donde el mar son hojas verdes, el capitán se siente bien.

En  la conversación pausada y sin prisa, que habla de un futuro que se construye lentamente en los ratos de descanso, mientras un pequeño tiburón de 6 años llamado Francesca da vueltas alrededor del Clochard con el ritmo torpe de quien está aprendiendo a montar en bicicleta.

Y Gianni, el marinero que le perdió la gracia al mar, ofrece vasos con ron desde lo que muchos creen que es tierra firme, sin animarse del todo a embarcarse en el Clochard  y escuchar el diario de a bordo de Le Professeur, que lejos de la física, la química y esa tripulación corsaria que son sus aprendices, analiza minuciosamente con el capitán la ruta que debe seguir el Clochard en esa tarde sin brújulas ni estrellas que sirvan de orientación.

Vaya grumetesPero aún así, sin casi moverse, sin vela, ni mástil, ni brújulas, ni estrellas, todos navegan lejos. El Clochard, lejos de las lluviosas y nostalgicas calles de un Paris que ya no existe; Le Professeur, del olor a tiza y los problemas con solución posible. El capitán, de su mar verde y sus peces adormecidos; y Gianni, de esos otros días, dejándose llevar por una marea invisible que a ratos lo estrella contra las rocas por el puro placer de sentir es inmóvil movimiento.

Todos en esa lejanía de mirada perdida de grumete en un atardecer tranquilo de sábado, con un viento tan tenue que apenas alcanza a balancear el oleaje de ramas y hojas verdes que se ven en un irregular horizonte.

La única que parece estar en su sitio es Francesca, que se divierte como un tiburón dando vueltas en su bicicleta titubeante mientras le grita a Gianni, su padre, que aleje a los dos perros que la persiguen juguetones.

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Susana piernas largas Bangkok

las piernas de susana piernas largasSusana Piernas Largas Bangkok estira sus largas piernas y en un santiamén sale de Madrid y está en Bangkok.

Susana Piernas Largas Bangkok es su seudónimo, un alias, un nombre artístico. Muy artístico, es lo que piensa Susana Piernas Largas Bangkok cada vez que pronuncia su nombre tres veces seguidas, el tiempo justo que tarda en saltar de Madrid a Bangkok. Bangkok está muy lejos. Eso dicen. Pero para Susana Piernas Largas Bangok sobra decir que no. Piernas Largas…

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