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Mustafá o la compra de una alfombra sin querer hacerlo

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1. “Para garantizar una buena compra, es preciso dedicar algún tiempo a visitar varias tiendas y comparar precios y calidades”.

Manual del comprador de alfombras
Lonely Planet
“Estambul y lo mejor de Turquía”

La mejor manera para comprar una alfombra turca sin querer hacerlo consiste en detenerse, al final de la tarde, frente al Milion (milario o mojón), un bloque de mármol al inicio de Divan Yolu que en la antigua Constantinopla marcaba el kilómetro 0 del mundo, y desde donde se medían todas las distancias del Imperio Bizantino.

En otras palabras, para comprar una alfombra en Estambul sin querer hacerlo lo mejor es ubicarse en el centro del mundo. Una vez allí, intentar, como buenos turistas, hacer una foto para la posteridad y esperar que alguien llamado Mustafá, por ejemplo, se acerque a explicar, en perfecto español, la grandeza del olvidado imperio.

Al menos así los hicimos nosotros. Y así comenzó nuestra historia con Mustafá y la compra involuntaria de un maravilloso Kilim turco, ese tejido alabado por Marco Polo en sus viajes.

2. “Una alfombra duradera y de buena calidad debe ser de lana cien por cien (yüz de yüz yün). Habrá que comprobar la urdimbre (hilos longitudinales), la trama (hilos transversales) y el pelo (hilos verticales entretejidos en la matriz de la urdimbre y la trama)”

Mustafá es una de esas personas con la que se conecta desde el primer momento. Quizás por esa mirada casi infantil, su forma de sonreír tan amistosa y la calidez propia de los turcos. Ni buscando se logra percibir una pizca de maldad o de doble intención en sus gestos o palabras.

Mustafá, el grandeEsa tarde soleada de un jueves de comienzos de julio Mustafá era simplemente un hombre que regresaba de su trabajo y que amablemente se cruzó en nuestro camino para señalarnos, en nuestro pequeño mapa, la forma más económica y divertida de recorrer el Bósforo o cómo remontar el Cuerno de Oro hasta Eyüp de la misma manera que lo hacen los estambulíes. Nos convenció de que era una tontería intentar salir de Estambul (bye, bye, Troya, Pamukkale, Efeso y compagnia bella) y sin hacerse de rogar aceptó nuestra invitación para tomar un té y ahondar más en su aventura como intérprete oficial del presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero durante su viaje a Turquía (Afirmación posteriormente corroborada con respectiva fotografía de teléfono móvil para disipar toda duda en el turista y en el lector).

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Estambul, viajes que comienzan cuando terminan

Estambul comienza Aparte de ser un escritor extremadamente perezoso, soy demasiado reflexivo para escribir in situ. Me gusta dejar que las imágenes reposen en mi mente hasta que, como en un proceso de destilación, las palabras vayan apareciendo como pequeñas gotas que caen en un tubo de ensayo.  Por lo general, pasan días, semanas e inclusive meses hasta que una de esas gotas caiga, si cae, en una hoja en blanco. 

Con Estambul, este proceso ha sido particularmente doloroso. Quizás por la cantidad de imágenes que me gustaría ver convertidas en palabras, o por la frustración al reconocer mis limitaciones parta transmitir con toda fidelidad las sensaciones que produce una ciudad como esa.  

Para ayudarme, o talvez esconderme, abro esa maravillosa auto-ciudad- biografía del escritor turco Orhan Pamuk, Estambul: ciudad y recuerdos, y me encuentro con que el libro comienza con una sencilla cita del poeta, también turco, Ahmet Rasim: “La belleza del paisaje está en su amargura”. 

Esta manera de introducir a un lugar como Estambul me hizo recordar que una de nuestras noches allí junto a Jose Mari y Pilar, una pareja de españoles que acabábamos de conocer en circunstancias propias de los viajeros. Entre una nargile y varios vasos de té, nos preguntaron qué era lo que más nos había impactado de Estambul 

es4.jpgSin pensarlo demasiado, respondí que el paisaje: la forma en la que todo se movía, ese trasfondo mutante que ofrece una ciudad que mira al mar Mármara, al Bósforo y al Cuerno de Oro al mismo tiempo. Con diferentes embarcaciones moviéndose de manera dispar; los pescadores que desde el puente de Gálata tiran una y otra vez su perseverante anzuelo mientras el tranvía corta la ciudad con una prisa inusual en esos 20 millones de estambulíes que se reparten diariamente este lugar de la misma manera en la que también se la disputan Oriente y Occidente.   

Todo bajo la inmutable presencia de imponentes mezquitas, el palacio de Topkapi, las llamadas a las oraciones y un atardecer que cae diariamente como si fuera lo último que quisiéramos ver en nuestras vidas, sin siquiera imaginar que al día siguiente todo será completamente diferente.  
Las mezquistas siempre vigilantes
Sin embargo, lo que ninguno de los cuatro que esa noche bebimos y fumamos en la trastienda de un antiguo cementerio otomano en plena Divan Yolu percibimos fue lo que Rasim y Pamuk, y talvez buena parte de los estambulíes aprecian de su paisaje y que lo hace realmente bello e incomparable: su amargura. 

Pero una amargura que, lejos de entristecer, sobrecoge y nos hace sentir parte de algo increíblemente vivo. Y que llevamos en nuestra piel para realmente comenzar el viaje, cuando nos creíamos ya de regreso.   

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