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Todo por una calle de Córdoba

el maestro Alvaro Mutis A Irene,
que llegó justo a tiempo

Existe un país entero que cabe en 730 palabras. Yo no lo sabía, ni siquiera lo imaginé esa tarde perdida y lluviosa de septiembre (¿o quizás abril?) hundido, casi adormecido, en una butaca de la Biblioteca Nacional de Bogotá, ese edificio imponente que dormita entre urapanes tristes, casi escondido junto al Parque de la Independencia.

Resguardado de esa eterna llovizna bogotana, vi por primera vez a Álvaro Mutis  abrir su libro al azar y leer el poema titulado “Una calle de Córdoba”. Tuvieron que pasar casi 10 años para que me diera cuenta que esa fue la primera vez que quise conocer España.

Diez años después, en un auditorio cómodo de Casa de América de Madrid, ese Palacio Linares dieciochesco que mira por encima del hombro a la sempiterna Cibeles y las aristocráticas acacias del Paseo de la Castellana, pude escuchar nuevamente la voz de Mutis leyendo el mismo poema elegido con el mismo azar de esa tarde olvidada de la Biblioteca Nacional.

Vi como sus manos temblorosas se esforzaban por servir un poco de agua y refrescarse el gaznate antes de lucir esa portentosa voz y recordarme, como buenos amigos que no se hacen reproches, que yo estaba allí sentado por él.

Que había aterrizado una tarde fría de noviembre de 2001 en Barajas, con cien mil pelas en los bolsillos, sólo para ver y entender como mis propios ojos “la España de Abul Hassan AlHusri, «El Ciego», la del bachiller Sansón Carrasco, la del príncipe Don Felipe, primogénito del César, que desembarca en Inglaterra todo vestido de blanco, para tomar en matrimonio a María Tudor, su tía, y deslumbrar con sus maneras y elegancia a la corte inglesa, la del joven oficial de albo coleto que parece pedir silencio en Las lanzas de Velásquez (…)”.

la biblioteca Nacional de ColombiaTuve que peregrinar durante 10 años para comprender que todo lo que uno puede imaginarse y saber de España cabe en esas humildes 730 palabras que juntas conforman un poema maravilloso, que bien pudiera haberse escrito en una servilleta sentado en una terraza cualquiera de Córdoba una tarde de verano andaluz caluroso y bañado con Jerez.

Ahí estaba Mutis, atrapado en los avatares impropios e insultantes de la vejez, recordándome eso que algunos llamamos razones, o motivos, pero que la tierra levantada por el paso del tiempo se encarga de esconder en lo profundo de nuestros recuerdos, como el resguardo del billete de avión que nos trajo a España y que todos los inmigrantes insistimos en conservar sin saber porqué. O sí, para contar los días a partir de ese momento. 

Alvaro Mutis, en Casa de AméricaSeguramente no lo volveré a ver. Ni él sabrá nunca que Costantinopla es ese jardín secreto que nos une en la logia de los viajeros nostálgicos. Pero nos basta con eso. Me es suficiente para agradecerle esas 730 palabras que 10 años después – y 10 años antes– me hicieron tener “la certidumbre de que en esta calle, en esta ciudad, en los interminables olivares quemados al sol, en las colinas, las serranías, los ríos, las ciudades, los pueblos, los caminos, en España, en fin, estaba el lugar, el único e insustituible lugar en donde todo se cumpliría para mí con esta plenitud vencedora de la muerte y sus astucias, del olvido y del turbio comercio de los hombres.”

Así es y así será.

Aunque aún le deba una visita a Córdoba, a esa calle (y no Shidah Kardessi) donde el maestro Mutis me estará esperando con una copita de Jerez.

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El casete de Pavarotti

los tres y tresEl único día en el que mi madre se rindió (o fingió rendirse) fue cuando se convenció (o me hizo creer) que mi tozudez era definitivamente irremediable. Hacia poco había muerto mi padre y yo entraba con los dos pies a una adolescencia espantosa llena de desafíos a la autoridad materna y la incomprensión propia de una etapa en la que el mundo nos cabe en la palma de la mano, pero nosotros no nos ajustamos a ese mundo tan provincial, arcaico y, sobretodo, escaso de fondos.

Ese día, después de otra jornada de batalla campal entre los focos guerrilleros de mi adolescencia y su autoridad, mi madre dio su brazo a torcer y decidió, o fingió rendirse, que lo mejor era asignarme un “sueldo” mensual y que yo me buscara la vida. Así, superando las discusiones monetarias, mi pequeño plan adolescente-independentista-separatista se había apuntado un triunfo histórico (y a la larga pírrico).

Con mi primera provisión de fondos empecé a dar rienda suelta a mi proyecto de pseudo-dandy que pronto fracasaría estrepitosamente, como era de esperarse.

Ahora, tantos años después y tan lejos, no recuerdo muy bien porqué lo primero que hice con mi independencia económica fue comprar un casete del concierto de los tres tenores en una tienda de música tropical. Yo tenía 15 años y Bucaramanga, mi ciudad, era un hoyo arropado por constantes oleadas de vallenato, merengue y otros ritmos locales, lejanos, muy lejanos, del bel canto.

No sé. Quizás porque en esa etapa de la vida, somos todo lo que nos rodea. Somos una Adios Lucianoproyección en la pared, o esa imagen que se refleja en mil y un espejos. Yo era, o mi proyección era, ese casete, ese dandy provincial que fardaba de hombre culto y aficionado a la ópera delante de jovencitas enamoradas de las telenovelas de la noche. Y sólo porque tenía un casete que llevaba a todas las fiestas, pero que nadie me dejaba poner.

Haciendo gala de intelectual repleto de acné, me sentaba durante horas a escuchar el dichoso casete. Y ahí estaba Pavarotti, con ese vozarrón imbatible gritando “vincerooooó”, poniéndome los pelos de punta. O un “O sole mio”, que me llevaba a una más que tierna infancia, al coche de mi padre los domingos por la mañana o unos dibujos animados de Hanna-Barbera en las tardes sin colegio.

Ese es el único recuerdo que tengo de la primera y última batalla que gané en mi adolescencia. Como era de esperarse, mi gestión económica, propia de los proyectos revolucionarios, fue un rotundo fracaso. No sé en que malgasté el resto del dinero antes de volver con la cabeza gacha al redil de la mirada complacida de mi madre, pero el casete siguió conmigo durante muchos años.

Hoy, que todos los periódicos anuncian la triste muerte del Gran Luciano en su Módena natal, me vino a la cabeza la historia del casete de Pavarotti y mi fugaz incursión en el glamuroso mundo de la ópera que concluyó finalmente el día en que me quedé dormido en el teatro del Liceu de Barcelona durante un recital lleno de tenores y sopranos.

Juventud, divino tesoroComprendí entonces que no me gustaba la ópera, me gustaba Pavarotti. Su presencia en el escenario y su forma de expulsar notas que ponen los pelos de punta e irremediablemente te hacen llorar. Su forma de llevarte a ese lugar llenos de fotos descoloridas y sonrisas lejanas. Ese rostro bonachón y esa manera de mostrarnos que eso de la ópera puede ser interesante si se le quita tanta etiqueta.

Me entristece su muerte. Pero ahora que se ha ido llego a la conclusión que durante esos días de incertidumbre juvenil, chicas con faldas cortas, el calor pegajoso y bumangués de 23 grados y unos primeros pasos de baile que nunca llegué coordinar, Pavarotti era la única persona que me dijo algo coherente y esperanzador: “all’ alba vinceró”.

Aunque siga esperando el alba, escuchando a ratos el “nessun dorma”.

Si. Que nessun dorma.

Solo él.

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Estambul, viajes que comienzan cuando terminan

Estambul comienza Aparte de ser un escritor extremadamente perezoso, soy demasiado reflexivo para escribir in situ. Me gusta dejar que las imágenes reposen en mi mente hasta que, como en un proceso de destilación, las palabras vayan apareciendo como pequeñas gotas que caen en un tubo de ensayo.  Por lo general, pasan días, semanas e inclusive meses hasta que una de esas gotas caiga, si cae, en una hoja en blanco. 

Con Estambul, este proceso ha sido particularmente doloroso. Quizás por la cantidad de imágenes que me gustaría ver convertidas en palabras, o por la frustración al reconocer mis limitaciones parta transmitir con toda fidelidad las sensaciones que produce una ciudad como esa.  

Para ayudarme, o talvez esconderme, abro esa maravillosa auto-ciudad- biografía del escritor turco Orhan Pamuk, Estambul: ciudad y recuerdos, y me encuentro con que el libro comienza con una sencilla cita del poeta, también turco, Ahmet Rasim: “La belleza del paisaje está en su amargura”. 

Esta manera de introducir a un lugar como Estambul me hizo recordar que una de nuestras noches allí junto a Jose Mari y Pilar, una pareja de españoles que acabábamos de conocer en circunstancias propias de los viajeros. Entre una nargile y varios vasos de té, nos preguntaron qué era lo que más nos había impactado de Estambul 

es4.jpgSin pensarlo demasiado, respondí que el paisaje: la forma en la que todo se movía, ese trasfondo mutante que ofrece una ciudad que mira al mar Mármara, al Bósforo y al Cuerno de Oro al mismo tiempo. Con diferentes embarcaciones moviéndose de manera dispar; los pescadores que desde el puente de Gálata tiran una y otra vez su perseverante anzuelo mientras el tranvía corta la ciudad con una prisa inusual en esos 20 millones de estambulíes que se reparten diariamente este lugar de la misma manera en la que también se la disputan Oriente y Occidente.   

Todo bajo la inmutable presencia de imponentes mezquitas, el palacio de Topkapi, las llamadas a las oraciones y un atardecer que cae diariamente como si fuera lo último que quisiéramos ver en nuestras vidas, sin siquiera imaginar que al día siguiente todo será completamente diferente.  
Las mezquistas siempre vigilantes
Sin embargo, lo que ninguno de los cuatro que esa noche bebimos y fumamos en la trastienda de un antiguo cementerio otomano en plena Divan Yolu percibimos fue lo que Rasim y Pamuk, y talvez buena parte de los estambulíes aprecian de su paisaje y que lo hace realmente bello e incomparable: su amargura. 

Pero una amargura que, lejos de entristecer, sobrecoge y nos hace sentir parte de algo increíblemente vivo. Y que llevamos en nuestra piel para realmente comenzar el viaje, cuando nos creíamos ya de regreso.   

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Adiós al Charro de América

Que nos entierren con la banda

Sin duda alguna, la palabra “tradición” es la más degradada de este siglo. Con una velocidad de vértigo, ha ido adquiriendo una connotación tan peyorativa hasta alcanzar el estatus de “algo anclado en el pasado”, que se niega a evolucionar, a “actualizarse” como se dice en el argot internético de hoy. Lo políticamente correcto, dicen los que tanto saben, es hablar de “herencia cultural”.

Pero lo malo de la “herencia cultural”, es que ha convertido a la tradición en una pieza de museo, en un objeto de muestra folk – clórica, que se expone como si fuera una escultura, o la figura de un mamut en el museo de historia natural.

Eso es lo que pasa con Antonio Aguilar, el “Charro de México”, que acaba de montarse a su caballo blanco y partir desde su Zacatecas natal hacia el inefable mundo de los recuerdos.

Ahora le llamaran “herencia cultural” al hombre que grabó más de 160 discos, participó en más de 150 películas, y fue compañero inseparable de más de un despechado en un bar de mala muerte al lado de una botella de tequila o aguardiente en su defecto.

Me uno al coro de las más de diez mil personas que fueron a despedir al Toño a la basílica de Guadalupe, con esa frase de viejo en la cabeza que me repite una y otra vez eso de que “los jóvenes de hoy ya no saben divertirse”.

O quizás sí, porque sólo se dedican a eso: a divertirse sin más.

Talvez porque comí las últimas migajas de ese pan duro y viejo que alguien llamó bohemia y ese romanticismo tan latinoamericano, que antes de dar paso al vértigo del “igualismo cultural”, me tuvo sentado largas noches cantando rancheras etílicas e inolvidables junto a amigos que ya no están y evocando mujeres olvidadas, que han crecido, se han casado y ahora crian a sus hijos con música de “usar y tirar”.

Allí estaba Aguilar, evocando esa figura tan “revisited” y políticamente incorrecta, del macho latinoamericano, de bigote poblado, sombrero ancho, siempre sobre un caballo y siempre en las andanzas por el amor de una mujer.

Y allí estábamos nosotros, brindando por él, por Pedro Infante o por Maria Félix, entre entonaciones desastrosas, discos viejos robados a nuestros padres, junto a sus botellas de whisky y las películas en blanco y negro de un sábado por la tarde.

Adiós a Antonio Aguilar y a las serenatas con rancheras en la mitad de la noche, junto a mariachis de ocasión que cobraban por canción y a cambio de alcohol. Junto a un balcón que parecía doble, y las copas levantadas, y todo de un sólo trago y “aunque mal paguen ellas”. Porque con Aguilar, el hombre que introdujo el charrismo por nuestras tierras también ha muerto un poco de lo que fuimos y queríamos.     

Y como dicen los viejos “el mundo ya no es como solía ser”, es algo inevitable. De repente lo que creíamos vida, hoy se llama “herencia cultural”, o viejas costumbres en el mejor de los casos. 

Y Antonio Aguilar se ha ido, y Flor Silvestre no es más que una viuda desconsolada.

Con Joselito, para la historia       

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Una hoguera sin vanidades

Mister Tom Wayne in actionHay hechos de la cotidianidad, si es que se le puede llamar así, que a veces cobran un simbolismo espantoso. Y digo espantoso por evocar por lo bajo ese escalofrío apocalíptico que a veces nos da cuando vemos que pasa lo que pasa.

Así pasa con Tom Wayne, un señor que desde hace más de 10 años tiene una pequeña librería en Kansas City llamada Prospero’s books. Durante todo este tiempo, el señor Wayne ha hecho lo que hacen todos los libreros: acumular libros en el pequeño almacén de su “próspera” libreria.

Así hasta que un día intenta abrir la puerta del almacén y se da cuenta de que apenas tiene un pequeño resquicio para poder pasar. Pues si, el indescifrable negocio de la compra-venta de libros había tocado techo. Literalmente. No cabía un libro más.

¿Qué hace Tom Wayne? Pues sale como puede del almacén en busca del teléfono, no sin antes tropezarse con una vieja edicion de “Octubre Rojo” de Tom Clancy, que cae robusta y decidida sobre una copia extraviada del reporte de IV Conferencia Panamericana, la primera v�ctima del cerillazo de Waynecelebrada en Buenos Aires en 1910 (¿Cómo diablos ha ido a parar allí?).

Con agenda en mano, el señor Wayne de Kansas City comienza a marcar los números que también ha ido acumulando a lo largo de los años: otros libreros, blibliotecas, centro culturales, escuelas, viejos clientes….todo vale con tal de deshacerse del superávit de libros que se revolucionan en el almacén y que, para quienes han leído la casa tomada de Cortázar, comienzan a absorber todo lo que encuentran a su paso (menos las polillas, esas viejas y acérrimas enemigas del papel).

Al final del día, exhausto y desconcertado, Tom Wayne llega a la triste conclusión de que nadie está dispuesto a recibir sus libros, ni siquiera regalados. Paradójicamente todos dicen lo mismo: no tienen lugar donde ponerlos.

Tom Wayne, librero de Kansas City, frustrado y rabioso mira con desazón al almacén y toma esa decisión tan Bradbury: si nadie los quiere, ¡pues a quemarlos!

No nos llamemos a errores. Wayne no es un librero converso y desalmado. El pasado domingo, 27 de mayo, organizó todo un funeral para sus libros en lo que él mismo llamó una señal de protesta contra el poco apoyo público a la palabra escrita. Y de paso, claro, liberar un poco de espacio en el almacén de Prospero’s books.

“Esta es la pira funeral para el pensamiento en los Estados Unidos de hoy”, dijo Wayne a los bradburianos espectadores en las afueras de su librería mientras quemaba el primer grupo de libros.

Bradbury ya lo dijoComo lo real de romántico tiene poco hoy en dia, y menos en Kansas City, 50 minutos después del “cerillazo” inicial llegaron los bomberos para aguar el funeral. Pero no lo hicieron por amor a las letras, sino por apego a la ley: Tom Wayne no tenía permiso para hacer esa fogatilla frente a su local.

Ahora Wayne dice que gestionará todos los permisos del caso para realizar periodicas fogatas hasta agotar los 20 mil libros que se acumulan temerosos en el almacén de Prospero’s book.

Pero como no podía faltar en yankilandia, wayne ha convocado a través de su web a todos aquellos que deseen “adoptar” a un moribundo libro, comprándolo por 1 pavo y salvándolo de la quema. El dinero se reinivertirá, cosas de la vida, en hacer más libros.  

P.D. Según un estudio del americano Fondo Nacional para las Artes hecho en 2002, menos de la mitad de los adultos americanos dicen leer por placer, comparado con el 57 % de 1982. Me imagino que esa no es una buena noticia para el Prospero’s books

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Cuidado, “Cara de Piña” ha vuelto

Cara de Piña en sus dias de poderYa parecía cosa del pasado. De la historia de bandidos, bandoleros y criminales, pero no. El próximo 9 de septiembre el ex dictador panameño Manuel Noriega, a sus 72 años, saldrá de la cárcel después de haber cumplido una pírrica pena en una celda-apartamento de Miami.

“Cara de Piña”, como se le conocía por aquellos días en que era el hombre fuerte de Panamá, y anfitrión de cuanto narcotraficante se paseaba por el continente, estuvo más o menos 17 años en la cárcel. Eso, después de gobernar a sus anchas el istmo entre 1981 y 1989. Eso, después de que Estados Unidos montara toda una invasión del país (¡lllamada “Causa Justa”!) para echarle el guante. Más de 1.000 muertos en dos semanas sólo para eso. Sólo para mandarlo a la cárcel “de por vida”. Y ahora a la calle, tan ancho.

Claro, lo cierto es que al parecer Noriega, uno de esos malos malísimos, contó algunas cositas que tenía anotada en su “querido diario y eso a los gringos les gustó (quitando la parte de la CIA, claro). De toda la vida, la cosa quedó en 17 añitos. Y paradójicamente muchos de sus “ex amigos” o están muertos o presos (esos sí, de por vida).Noriega, cuando le esperaba todoa una vida en la carcel

Lo peor de todo es que después de tanto tiempo en Miami, “Cara de Piña”, no logró adaptarse al estilo miamiesco y  parece decidido a regresar a Panamá. Y aunque tiene causas pendientes allí (alguna que otra muerte y desapariciones), parece que está dispuesto a afrontarlas, eso sí, con la probable ayuda del presidente Martin Torrijos, hijo del general Omar Torrijos, un “padre” para Noriega. Ya veremos si en realidad son tan “hermanos” como dicen. Aunque creo que los panameños no querrán esa piña en su mercado.  Y lo peor es imaginárselo en un par de años lanzándose a la presidencia….como es la moda.

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Un tipo llamado Mengitsu Haile Mariam

Negus Rojo en sus buenos tiemposDurante mucho tiempo, cuando oíamos hablar de Etiopía nos venía en mente la imagen de ese videoclip “we are the world, we are the children“, en el que los “grandes” cantantes de la época (¿mediados de los 80’s?), se reunieron, cantaron ese estribillo que hasta hoy tenemos grabado y recaudaron un montón de dinero para ayudar a esos niños famélicos y al borde de la muerte que veíamos en la tele.

En esa época, al menos para mí, África era un lugar lejanísmo, y Etiopia un lugar donde los niños tenían la cabeza muy grande y se morían de hambre rodeados de moscas que les robaban las pocas migajas de pan que les colgaba de la comisura de los labios. No es un bonito recuerdo, ni tampoco yo he sido nunca un activista de nada.

Pero esta semana me he vuelto a acordar de esos niños, y del “we are the world, we are de children”; de Michael Jackson, Diana Ross, Steve Wonder y de un tipo llamado Mengitsu Haile Mariam.

En realidad, miento si digo que me he acordado de él, pues solo supe quién era hasta muchos años después, cuando todo la realidad empieza a perder el sentido del “porque sí” de nuestros padres.

Y me acordé de él porque esta semana un tribunal etíope y por otras tantas atrocidades cometidas por él y sus cómplices de cabeza pequeña durante la época del “Terror Rojo”, el período en el que gobernó Etiopía (1977-1991).

La historia de Mengitsu Haile Mariam es igual a la de otros dictadores del club: en 1974 da un golpe de Estado, asesina al entonces emperador Haile Selassie y a partir de 1977 se instala en el poder junto a comité llamado “dergue”.

A partir de ahí, instauran un régimen militar-marxistas y se dedicaron a cazar a los enemigos del gobierno, que a juzgar por la cantidad de muertos, no eran pocos. Secuestros, ejecuciones sumarias, torturas y el sin fin de macabras opciones del manuel del buen dictador le sirvió a Haile Mariam para ganarse el apodo de “Negus Rojo”.El tal Mengitsu Haile Mariam

Todo hasta 1991, cuando la Unión Soviética tocó su fin y “Negus Rojo” y los suyos se dieron cuenta que el ajuste de cuentas estaba muy cerca. Así que el tal Mengitsu Haile Mariam, una madrugada de 1991, cuando el régimen estaba por caer, hizo sus maletas, juntó sus millones (no olvidemos we are the world, we are the children) y se largó a Zimbabwe. Allí se compró un rancho y se sentó a mirar el horizonte.

Un tribunal de Etiopia lo condenó esta semana a cadena perpetua, despues de 11 años de proceso. A él, y a otros del “dergue”. Pero Haile Mariam sigue en su rancho de Zimbabwe, ahora mismo, riéndose del veredicto que lo condena a una cadena perpetua que nunca cumplirá.

Se morirá de viejo, y en libertad, como parece haberse convertido ya en una moda entre los ex dictadores. Y quizás con la complicidad de los mismos que de manera pusilánime se dedicaron a recaudarle dinero: “we are the world, we are the children“.

A veces la justicia parece un chiste malo.

Y eso no me gusta. No señor.

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