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El casete de Pavarotti

los tres y tresEl único día en el que mi madre se rindió (o fingió rendirse) fue cuando se convenció (o me hizo creer) que mi tozudez era definitivamente irremediable. Hacia poco había muerto mi padre y yo entraba con los dos pies a una adolescencia espantosa llena de desafíos a la autoridad materna y la incomprensión propia de una etapa en la que el mundo nos cabe en la palma de la mano, pero nosotros no nos ajustamos a ese mundo tan provincial, arcaico y, sobretodo, escaso de fondos.

Ese día, después de otra jornada de batalla campal entre los focos guerrilleros de mi adolescencia y su autoridad, mi madre dio su brazo a torcer y decidió, o fingió rendirse, que lo mejor era asignarme un “sueldo” mensual y que yo me buscara la vida. Así, superando las discusiones monetarias, mi pequeño plan adolescente-independentista-separatista se había apuntado un triunfo histórico (y a la larga pírrico).

Con mi primera provisión de fondos empecé a dar rienda suelta a mi proyecto de pseudo-dandy que pronto fracasaría estrepitosamente, como era de esperarse.

Ahora, tantos años después y tan lejos, no recuerdo muy bien porqué lo primero que hice con mi independencia económica fue comprar un casete del concierto de los tres tenores en una tienda de música tropical. Yo tenía 15 años y Bucaramanga, mi ciudad, era un hoyo arropado por constantes oleadas de vallenato, merengue y otros ritmos locales, lejanos, muy lejanos, del bel canto.

No sé. Quizás porque en esa etapa de la vida, somos todo lo que nos rodea. Somos una Adios Lucianoproyección en la pared, o esa imagen que se refleja en mil y un espejos. Yo era, o mi proyección era, ese casete, ese dandy provincial que fardaba de hombre culto y aficionado a la ópera delante de jovencitas enamoradas de las telenovelas de la noche. Y sólo porque tenía un casete que llevaba a todas las fiestas, pero que nadie me dejaba poner.

Haciendo gala de intelectual repleto de acné, me sentaba durante horas a escuchar el dichoso casete. Y ahí estaba Pavarotti, con ese vozarrón imbatible gritando “vincerooooó”, poniéndome los pelos de punta. O un “O sole mio”, que me llevaba a una más que tierna infancia, al coche de mi padre los domingos por la mañana o unos dibujos animados de Hanna-Barbera en las tardes sin colegio.

Ese es el único recuerdo que tengo de la primera y última batalla que gané en mi adolescencia. Como era de esperarse, mi gestión económica, propia de los proyectos revolucionarios, fue un rotundo fracaso. No sé en que malgasté el resto del dinero antes de volver con la cabeza gacha al redil de la mirada complacida de mi madre, pero el casete siguió conmigo durante muchos años.

Hoy, que todos los periódicos anuncian la triste muerte del Gran Luciano en su Módena natal, me vino a la cabeza la historia del casete de Pavarotti y mi fugaz incursión en el glamuroso mundo de la ópera que concluyó finalmente el día en que me quedé dormido en el teatro del Liceu de Barcelona durante un recital lleno de tenores y sopranos.

Juventud, divino tesoroComprendí entonces que no me gustaba la ópera, me gustaba Pavarotti. Su presencia en el escenario y su forma de expulsar notas que ponen los pelos de punta e irremediablemente te hacen llorar. Su forma de llevarte a ese lugar llenos de fotos descoloridas y sonrisas lejanas. Ese rostro bonachón y esa manera de mostrarnos que eso de la ópera puede ser interesante si se le quita tanta etiqueta.

Me entristece su muerte. Pero ahora que se ha ido llego a la conclusión que durante esos días de incertidumbre juvenil, chicas con faldas cortas, el calor pegajoso y bumangués de 23 grados y unos primeros pasos de baile que nunca llegué coordinar, Pavarotti era la única persona que me dijo algo coherente y esperanzador: “all’ alba vinceró”.

Aunque siga esperando el alba, escuchando a ratos el “nessun dorma”.

Si. Que nessun dorma.

Solo él.

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