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Clochard

No es el Clochard, pero da una ideaDesde el Clochard no se ve el mar. Aún no.

El velero está encallado en la montaña, a la espera de ser velero, sostenido por vigas de acero que fingen que el mar es el aire. Y la verde montaña un vasto océano por descubrir, surcado por cultivos de tomates, habicuhelas y maiz-

Al Clochard le falta el mástil, que aún reposa en el fondo del lecho terrenal junto a un improbable raíl de un más que improbable tren, pero no pierde su dignidad de barco en construcción, con una quilla recién pulida tan mansa como los perros que rodean al capitán en sus horas de tierra firme.

En sus horas de mar de aire.

Cuando se sienta en la cubierta del Clochard para acariciar con sus manos ásperas y castigadas por el salitre ese cuerpo desnudo que flota en el aire.

Y sus dedos recorren ese cuerpo adolescente, y sus ojos revisan cada detalle de ese esquelo robusto de madera que sus manos van configurando.

Ahí, sostenido en el aire, navegando por la curvas del Clochard en medio de un colina donde el mar son hojas verdes, el capitán se siente bien.

En  la conversación pausada y sin prisa, que habla de un futuro que se construye lentamente en los ratos de descanso, mientras un pequeño tiburón de 6 años llamado Francesca da vueltas alrededor del Clochard con el ritmo torpe de quien está aprendiendo a montar en bicicleta.

Y Gianni, el marinero que le perdió la gracia al mar, ofrece vasos con ron desde lo que muchos creen que es tierra firme, sin animarse del todo a embarcarse en el Clochard  y escuchar el diario de a bordo de Le Professeur, que lejos de la física, la química y esa tripulación corsaria que son sus aprendices, analiza minuciosamente con el capitán la ruta que debe seguir el Clochard en esa tarde sin brújulas ni estrellas que sirvan de orientación.

Vaya grumetesPero aún así, sin casi moverse, sin vela, ni mástil, ni brújulas, ni estrellas, todos navegan lejos. El Clochard, lejos de las lluviosas y nostalgicas calles de un Paris que ya no existe; Le Professeur, del olor a tiza y los problemas con solución posible. El capitán, de su mar verde y sus peces adormecidos; y Gianni, de esos otros días, dejándose llevar por una marea invisible que a ratos lo estrella contra las rocas por el puro placer de sentir es inmóvil movimiento.

Todos en esa lejanía de mirada perdida de grumete en un atardecer tranquilo de sábado, con un viento tan tenue que apenas alcanza a balancear el oleaje de ramas y hojas verdes que se ven en un irregular horizonte.

La única que parece estar en su sitio es Francesca, que se divierte como un tiburón dando vueltas en su bicicleta titubeante mientras le grita a Gianni, su padre, que aleje a los dos perros que la persiguen juguetones.

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Se vende país: interesados llamar a Michael de Sealand

El principado de SealandNo, no es ningún reclamo anti-sistema, se vende un país. Para ser más específicos, está a la venta el país más pequeño del mundo (que siempre será más grande que los pisos de protección oficial). Eso sí, vista la foto nos damos cuenta que el Principado de Sealand no es que sea el paraíso terrenal, pero como dicen los buenos agentes inmobiliarios, tiene unas vistas estupendas y una ubicación de lujo.

Y no sólo eso: Sealand emite pasaportes, tiene su propia moneda y hasta la selección de fútbol (aunque en la imagen no se pueda ver muy bien el monumental estadio). Así que el afortunado comprador no sólo será el nuevo príncipe de Sealand (claro, cada dueño impondrá su sistema político favorito, aunque os aconsejo seguir la línea del pricnipado), sino que tendrá su rostro acuñado en monedas y billetes y podrá escribirse su himno nacional.

Además, el bonito país (parte de un fortín de la II Guerra Mundial) está a solo una docena de kilómetros de las costas inglesas. En otras palabras, un vecindario tranquilo. Aunque Sealand está para reformar (pero ¿qué país no está cayéndose a pedazos?) no deja de ser un lugar tentador y con unos escasos “sealandeses” (dicen que cinco habitantes permanentes).

Los interesados en comprarse un país como Sealand, no tienen más que ponerse en contacto con su vendedor, el actual príncipe vigente Michael de Sealand. El precio es negociable. Mejor verlo.

Favor abstenerse agencias.

Página oficial de Sealand (para los más incrédulos)

P.D. Ah! También están disponibles los títulos de lores y barones de Sealand a precios muy módicos, tan sólo unas cuantas libras, ¡no te lo pierdas!

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