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Getafe o la dignidad de una derrota

El patoEn estos días que corren entre mercenarios, apóstatas y mesías de un día, o máximo dos, nos llega de vez en cuando un bálsamo que nos recuerda porqué, a pesar de todo, nos gusta tanto ese deporte de 22 tipos corriendo en pantalón corto detrás de un balón.

Getafe 3- Bayern 3. Marcador final e imposible para quien, faltando cinco minutos para el final de la prórroga de los cuartos de final de la copa de la UEFA, se levantó de su sillón a celebrar la clasificación del pequeño Geta que en ese momento ganaba 3-1. ¡Y con un hombre menos!

Pero al final la eliminación, porque muchas veces las grandes historias comienzan con grandes derrotas. Y la del Getafe, ese equipo hecho con jugadores prestados, empezó en su estadio, bajo lágrimas y, probablemente, el abrazo sincero del viejo Oliver Kahn y sus secuaces.

No soy hincha del Getafe. De hecho, hace aproximadamente un año, odiaba a ese equipo que acaba de eliminar a mi Barcelona de la copa del Rey. Tampoco me dejé convencer por el eslogan ese del “alguien a quien amar” con el que Antenta 3 nos quiso vestir a todos de azulones. Y con toda seguridad, cuando ponga punto final a este texto, y cuando despierte mañana, solo recordaré que Getafe es ese lugar donde vivía un buen amigo mío que estudiaba en la universidad Carlos III.

Pero no importa. Después de la euforia, el rey volverá a su castillo corriendo y los verdaderos, los que estaban ahí desde el principio, se quedarán una vez más con su equipo de jugadores prestados, que en 180 minutos (partido de ida y vuelta) nos enseñaron toda la dignidad que puede tener ese deporte.

Y durante esos 180 minutos lograron que recobráramos ese sentimiento feliz de estar vivo, que habíamos perdido en medio de estos ‘grandes’ equipos que pierden sin despeinarse y luego se marchan en sus coches carísimos.

No diré que lo del Getafe haya sido una lección de vergüenza o de fútbol, para esos mercenarios que primero cobran y luego no sudan la camiseta. Hay cosas que ni se enseñan ni se aprenden. Y lo del Geta frente al todopoderoso Bayern (Luca Toni, Ribery, Khan, bla, bla, bla) fue simplemente pasión por el fútbol y nada más. La misma que le metemos nosotros cuando vamos a jugar una pachanga con los amigos.

Al final, se impone el guión y ganan los mismos de siempre. Pero no importa. Durante cinco minutos, o muchos más, los estudiantes, obreros e inmigrantes que viven en Getafe, se sintieron lo más grande de Europa, en el lugar donde ni en el más dulce de sus sueños se lo hubieran imaginado.

Pero no nos confundamos, el mérito de este Getafe no es el de haberle plantado cara a un grande de Europa, siendo un equipo pequeño. No, ese ya es un lugar común. Lo bonito de ese partido –y también hay que reconocer el valor del Bayern- fue que ese equipo, ese Geta, nos brindó todo lo bueno que tiene el fútbol y que cada vez es tan escaso. Nos demostraron, ambos, que esto es más que un deporte, pero sobre todo, mucho más que un vil negocio.
Ahora les queda la final de la Copa del Rey. Y espero que gane el mejor. Para entonces, ya habré olvidado el Getafe y quizás, ni vea ese partido.

Pero no olvidaré esa noche en la que el Getafe cayó eliminado en su estadio por un Bayern que respetó su rival hasta el final. Y creo que ninguno de los que vimos ese partido lo olvidaremos. Nunca hubo tanta gloria en una derrota.

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