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Simulacro con jet lag

Un simulacro de Jean baudrillard“En el fondo, mi escena primitiva es esa; que hoy ya no sé, al mirar tal o cual cuadro, o peformance o instalación, cosas así, si están bien o no, y ni siquiera tengo ganas de saberlo en verdad, entonces hallo que estoy como en suspenso, pero es un suspenso que no ofrece excitación alguna, que no es intenso; es un suspenso más bien de la neutralización y de la anulación.

Se trata entonces justamente de la desaparición de esa lógica, proporcionalmente inversa a la de la producción de cultura. He empleado para ello una expresión, más bien un juego de palabras: el grado “Xerox” de la cultura, que, por supuesto, es a la vez el grado cero del arte, el del vanishing point del arte y de la simulación absoluta.”

Regresso al “mondo gozzer” después de un receso sin motivo. Y vuelvo con las palabras de otro para recordar precisamante a ese “otro” que murió el pasado 6 de marzole professeur Jean Baudrillard.

Esas palabras de Baudrillard salen de una conferencia que dictó en Caracas, Venezuela, en 1994, llamada “la simulación en el arte”. Y supongo que son las típicas frases que escuchamos o leemos y se nos ocurre pensar “pues mira, a mi me pasa lo mismo”. Y que te pase eso con un filósofo de la escuela germana, marxista y finalmente post-posmoderna, quizás explique lo impresionante que fue Baudrillard.

Explicarlo, o al menos intentar explicar lo que él a su vez quiso explicar en vida es ya harina de otro costal. No porque sea de esa filosofia para dormir elefantes, sino porque resultaría una extrema falta de respeto. Pero quedémonos con su idea de simulacro, simulación e hiperrealidad. Y no hace falta haber pasado los años de la universidad en tertulias etílicas especulando sobre la posibilidad de extirpar el hipocampo como única posibilidad científica de asumir la posmodernidad. Sólo basta con el ejemplo típico de los jovencitos antiglobalización: decir que la realidad no existe, que lo que creemos realidad no es más que una “simulación” de ésta construida por los medios de comunicación -por la televisión-; una “hiperrealidad” que niega la historia. (Y perdonen uestedes la vulgaridad de la definición, pero no está lejos de su teoria).

“Realidad virtual”, que hoy parece un término tan trillado, fue construido por Baudrillard, repasando al señor McLuhan (muuuuucho antes de Internet), y también a Baudelarie y al mismo Walter Benjamin:

 “Baudelaire denunciaba el universo de la publicidad diciendo: «Eso no es más que sentimentalismo, estética, y el arte tiene que diferenciarse radicalmente e ir por el contrario hacia un absolutismo de la mercancía». Pero el arte se ha convertido en general en una especie de prótesis publicitaria, diría yo, y la cultura en una especie de prótesis generalizada.

Baudelaire quería llevar la simulación hasta su extremo; dice: «Estamos en la modernidad. Aceptemos el juego de la modernidad. Hay que llegar hasta una simulación triunfante». Nosotros en cambio estamos más bien en una simulación vergonzante, repetitiva, depresiva. El arte es un simulacro (de todas maneras estamos en la zona de los simulacros), pero un simulacro que tenía el poder de la ilusión. Nuestra simulación por el contrario ya no vive sino Le gustaba hablar de Warholdel vértigo de los modelos, lo cual es enteramente diferente. El arte era un simulacro dramático en el que estaban en juego la ilusión y la realidad del mundo, y hoy no es más que una prótesis estética. Entonces, evidentemente da al término «estético» un sentido peyorativo, en cierto modo.”

Para los que alcanzaron engullir un par de gotas de la posmodernidad de Lyotard, Vattimo e altri tanti, el discurso parece familiar. Pero que un señor, pasados los 70 años, nos diga, por ejemplo, que la guerra del Golfo, no tuvo lugar sino que fue parte de esa “simulación”, de esa “hiperrealidad” construida por los medios, tiene lo suyo. Y tiene esa estimulante virtud de tenerte horas y horas en medio de preguntas tontas sobre tu propia “realidad”. ¿Es o no es?

Ni siquiera sé muy bien donde termina esto. Bueno si, en la muerte Baudrillard, el 7 de marzo en París, tras una larga enfermedad y tras años de despotricar contra la sociedad de masas y siguiendo en solitario cuando los feroces guerreros de la posmodernidad decidieron enterrar el hacha y asumir (no sin cierta revulsión para algunos de nosotros) que la cosa no tenía ni sentido, ni fin.

” El silencio está expulsado de las pantallas, expulsado de la comunicación. Las imágenes mediáticas ( y los textos mediáticos son como las imágenes) no callan jamás: imágenes y mensajes deben sucederse sin discontinuidad. Ahora bien, el silencio es precisamente este síncope en el circuito, esta ligera catástrofe, este lapsus que, en la televisión por ejemplo, se vuelve altamente significativo- ruptura cargada a la vez de angustia y de júbilo-, al sancionar que toda comunicación sólo es en el fondo un guión forzado, una ficción ininterrumpida que nos libera del vacío, el de la pantalla, pero también del de nuestra pantalla mental, cuyas imágenes acechamos ,con la misma fascinación. La imagen del hombre sentado, y contemplando, un día de huelga, su pantalla de televisión vacía, será algún día una de las más hermosas imágenes de la antropología la pipa que no esdel siglo XX .”

 Eso es. Talvez, la muerte de Baudrillard no sea más que un ejercício más de simulación, esa de la que todos somos presa, y que en mi caso llega con jet lag. En todo caso, si todo esto le motiva a leer un poco de su obra la buena noticia es que podrá hacerlo sin tener que apagar la tele. De hecho, es mejor tenerla encendida: así podrá entender un poco lo que Baudrillard trataba de decirnos a gritos.

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La vida del señor Barriga

El señor  Barriga as himselfSupongo que a muchos de nosotros el nombre Edgar Vivar nos suena familiar, pero no podríamos deducir de buenas a primeras de quién puede tratarse. Pero si decimos Señor Barriga, ahí es otra cosa. Porque el señor Barriga fue talvez uno de los primeros caseros y cobradores de alquiler del que tenemos noción. Un antagonista extraño en una serie que, como el Chavo del ocho, estaba repleta de personajes singulares.

Pero lo cierto es que acabo de ver que el señor Vivar, a.k.a señor Barriga; a.k.a Ñoño, acaba de publicar su autobiografía, en la que cuenta sus vivencias en el set del todopoderoso Chespirito pero también su experiencia con Plácido Domingo (¿el señor Barriga con Plácido Domingo?) y las vueltas que dio su vida por el mundo del teatro.

Así pues, resulta sorprendente que el señor Barriga tenga una autobiografía. Pero noThe real señor Barriga porque no tenga una vida interesante, sino porque en ese abanico de personajes como el Chavo, Chilindrina, Don Ramón, Quico y demases, quizás uno de los últimos de la  fila de los recuerdos sea precisamente el eterno casero, indeseable visita, como lo era el señor Barriga (eso sí, de buen corazón).

Probablemente mienta, pero intentaré leerla. No para conocer más detalles de su vida (lo que sé ya me basta), sino quizás para tratar de encontrar la fórmula mágica que me haga reir cada vez que la vieja bruja que nos cobra el alquiler venga a saquear nuestros muy míseros euritos.

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Un público medio “lost”

A punto de encontrarlosLa verdad es que nunca estuve muy enganchado a los Archivos X. Quizás algunos capítulos sueltos (sin entender nada, por supuesto) pero poco más. Y tras un montón de años al aire, películas y demases, creo que la serie terminó más tarde que pronto. Pero tampoco soy un experto.

Mas eso fue hace algunos años. Ahora vivimos en la época de las series (más que en los años 80’s), tipo “culebrón”: tienes que ver todos los capítulos desde el principio para entender el sentido de una frase, una sonrisa o una simple mueca. Debemos admitirlo, eso no pasaba con Stephen J. Cannel.

Pero bueno, al final me he vuelto adicto a algunas series, inevitablemente, de argumentos e historias retorcidas, dramas tipo soap opera y el maldito suspenso con el que nos dejan durante una semana infinita hasta llegar al siguiente capítulo.

Pues bien, en este punto llegamos a Lost, la ya cuasi mítica serie que quien no la ha visto desde el primer capítulo es mejor que se dedique a las comedias locales, porque el tema tiene tela.

Empecé a verla por equivocación (muy “lost” entre la pobre oferta televisiva) justo el primer capítulo y la cosa no pormetía: otra típica serie del avión que se cae y sus pobres sobrevivientes (¿rollo la isla de gilligan?). Pero la cosa no fue tan así, y empezamos a engancharnos y mucho. Árduos debates sobre la suerte de los personajes, sobre lo que sucede realmente en la isla.

Intenso, muy intenso. ¡Algo que parecía capaz de absorber toda la imaginación de un vil telespectador!

Sin embargo, algo pasó. Si, algo (rollo místico de la isla). Al finalizar la segunda temporada dejé de ver la serie. Y por lo visto, muchos como yo han hecho lo mismo. ¿Por qué?

En el Reino Unido, la tercera temporada de Lost perdió un millón de espectadores. En Estados Unidos, el 14 por ciento cambió de canal. Y por estos lados, al menos yo lo hice.

Ahora dicen que ya están pensando en el final de la serie. A mi me parece bien. Creo que, y me parece un caso curioso, algunos tocamos nuestro límite de sufrimiento. Especialmente al ver que al final es una serie que gira alrededor de sí misma, que la angustia es un prometido desenlace que no llega. Y no sólo no llega sino que te lleva otra cosa. Y a otra, y a otra. Y yo me cansé. Y un montón de gente al parecer también se cansó.

Así que nos largamos de la isla.

Y vimos que en otro canal estaban echando House.

Quizás en la publicidad vuelva a Lost. Aunque seguro que no entenderé nada del final.

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