Adiós al Charro de América

Que nos entierren con la banda

Sin duda alguna, la palabra “tradición” es la más degradada de este siglo. Con una velocidad de vértigo, ha ido adquiriendo una connotación tan peyorativa hasta alcanzar el estatus de “algo anclado en el pasado”, que se niega a evolucionar, a “actualizarse” como se dice en el argot internético de hoy. Lo políticamente correcto, dicen los que tanto saben, es hablar de “herencia cultural”.

Pero lo malo de la “herencia cultural”, es que ha convertido a la tradición en una pieza de museo, en un objeto de muestra folk – clórica, que se expone como si fuera una escultura, o la figura de un mamut en el museo de historia natural.

Eso es lo que pasa con Antonio Aguilar, el “Charro de México”, que acaba de montarse a su caballo blanco y partir desde su Zacatecas natal hacia el inefable mundo de los recuerdos.

Ahora le llamaran “herencia cultural” al hombre que grabó más de 160 discos, participó en más de 150 películas, y fue compañero inseparable de más de un despechado en un bar de mala muerte al lado de una botella de tequila o aguardiente en su defecto.

Me uno al coro de las más de diez mil personas que fueron a despedir al Toño a la basílica de Guadalupe, con esa frase de viejo en la cabeza que me repite una y otra vez eso de que “los jóvenes de hoy ya no saben divertirse”.

O quizás sí, porque sólo se dedican a eso: a divertirse sin más.

Talvez porque comí las últimas migajas de ese pan duro y viejo que alguien llamó bohemia y ese romanticismo tan latinoamericano, que antes de dar paso al vértigo del “igualismo cultural”, me tuvo sentado largas noches cantando rancheras etílicas e inolvidables junto a amigos que ya no están y evocando mujeres olvidadas, que han crecido, se han casado y ahora crian a sus hijos con música de “usar y tirar”.

Allí estaba Aguilar, evocando esa figura tan “revisited” y políticamente incorrecta, del macho latinoamericano, de bigote poblado, sombrero ancho, siempre sobre un caballo y siempre en las andanzas por el amor de una mujer.

Y allí estábamos nosotros, brindando por él, por Pedro Infante o por Maria Félix, entre entonaciones desastrosas, discos viejos robados a nuestros padres, junto a sus botellas de whisky y las películas en blanco y negro de un sábado por la tarde.

Adiós a Antonio Aguilar y a las serenatas con rancheras en la mitad de la noche, junto a mariachis de ocasión que cobraban por canción y a cambio de alcohol. Junto a un balcón que parecía doble, y las copas levantadas, y todo de un sólo trago y “aunque mal paguen ellas”. Porque con Aguilar, el hombre que introdujo el charrismo por nuestras tierras también ha muerto un poco de lo que fuimos y queríamos.     

Y como dicen los viejos “el mundo ya no es como solía ser”, es algo inevitable. De repente lo que creíamos vida, hoy se llama “herencia cultural”, o viejas costumbres en el mejor de los casos. 

Y Antonio Aguilar se ha ido, y Flor Silvestre no es más que una viuda desconsolada.

Con Joselito, para la historia       

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Clochard

No es el Clochard, pero da una ideaDesde el Clochard no se ve el mar. Aún no.

El velero está encallado en la montaña, a la espera de ser velero, sostenido por vigas de acero que fingen que el mar es el aire. Y la verde montaña un vasto océano por descubrir, surcado por cultivos de tomates, habicuhelas y maiz-

Al Clochard le falta el mástil, que aún reposa en el fondo del lecho terrenal junto a un improbable raíl de un más que improbable tren, pero no pierde su dignidad de barco en construcción, con una quilla recién pulida tan mansa como los perros que rodean al capitán en sus horas de tierra firme.

En sus horas de mar de aire.

Cuando se sienta en la cubierta del Clochard para acariciar con sus manos ásperas y castigadas por el salitre ese cuerpo desnudo que flota en el aire.

Y sus dedos recorren ese cuerpo adolescente, y sus ojos revisan cada detalle de ese esquelo robusto de madera que sus manos van configurando.

Ahí, sostenido en el aire, navegando por la curvas del Clochard en medio de un colina donde el mar son hojas verdes, el capitán se siente bien.

En  la conversación pausada y sin prisa, que habla de un futuro que se construye lentamente en los ratos de descanso, mientras un pequeño tiburón de 6 años llamado Francesca da vueltas alrededor del Clochard con el ritmo torpe de quien está aprendiendo a montar en bicicleta.

Y Gianni, el marinero que le perdió la gracia al mar, ofrece vasos con ron desde lo que muchos creen que es tierra firme, sin animarse del todo a embarcarse en el Clochard  y escuchar el diario de a bordo de Le Professeur, que lejos de la física, la química y esa tripulación corsaria que son sus aprendices, analiza minuciosamente con el capitán la ruta que debe seguir el Clochard en esa tarde sin brújulas ni estrellas que sirvan de orientación.

Vaya grumetesPero aún así, sin casi moverse, sin vela, ni mástil, ni brújulas, ni estrellas, todos navegan lejos. El Clochard, lejos de las lluviosas y nostalgicas calles de un Paris que ya no existe; Le Professeur, del olor a tiza y los problemas con solución posible. El capitán, de su mar verde y sus peces adormecidos; y Gianni, de esos otros días, dejándose llevar por una marea invisible que a ratos lo estrella contra las rocas por el puro placer de sentir es inmóvil movimiento.

Todos en esa lejanía de mirada perdida de grumete en un atardecer tranquilo de sábado, con un viento tan tenue que apenas alcanza a balancear el oleaje de ramas y hojas verdes que se ven en un irregular horizonte.

La única que parece estar en su sitio es Francesca, que se divierte como un tiburón dando vueltas en su bicicleta titubeante mientras le grita a Gianni, su padre, que aleje a los dos perros que la persiguen juguetones.

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Una hoguera sin vanidades

Mister Tom Wayne in actionHay hechos de la cotidianidad, si es que se le puede llamar así, que a veces cobran un simbolismo espantoso. Y digo espantoso por evocar por lo bajo ese escalofrío apocalíptico que a veces nos da cuando vemos que pasa lo que pasa.

Así pasa con Tom Wayne, un señor que desde hace más de 10 años tiene una pequeña librería en Kansas City llamada Prospero’s books. Durante todo este tiempo, el señor Wayne ha hecho lo que hacen todos los libreros: acumular libros en el pequeño almacén de su “próspera” libreria.

Así hasta que un día intenta abrir la puerta del almacén y se da cuenta de que apenas tiene un pequeño resquicio para poder pasar. Pues si, el indescifrable negocio de la compra-venta de libros había tocado techo. Literalmente. No cabía un libro más.

¿Qué hace Tom Wayne? Pues sale como puede del almacén en busca del teléfono, no sin antes tropezarse con una vieja edicion de “Octubre Rojo” de Tom Clancy, que cae robusta y decidida sobre una copia extraviada del reporte de IV Conferencia Panamericana, la primera v�ctima del cerillazo de Waynecelebrada en Buenos Aires en 1910 (¿Cómo diablos ha ido a parar allí?).

Con agenda en mano, el señor Wayne de Kansas City comienza a marcar los números que también ha ido acumulando a lo largo de los años: otros libreros, blibliotecas, centro culturales, escuelas, viejos clientes….todo vale con tal de deshacerse del superávit de libros que se revolucionan en el almacén y que, para quienes han leído la casa tomada de Cortázar, comienzan a absorber todo lo que encuentran a su paso (menos las polillas, esas viejas y acérrimas enemigas del papel).

Al final del día, exhausto y desconcertado, Tom Wayne llega a la triste conclusión de que nadie está dispuesto a recibir sus libros, ni siquiera regalados. Paradójicamente todos dicen lo mismo: no tienen lugar donde ponerlos.

Tom Wayne, librero de Kansas City, frustrado y rabioso mira con desazón al almacén y toma esa decisión tan Bradbury: si nadie los quiere, ¡pues a quemarlos!

No nos llamemos a errores. Wayne no es un librero converso y desalmado. El pasado domingo, 27 de mayo, organizó todo un funeral para sus libros en lo que él mismo llamó una señal de protesta contra el poco apoyo público a la palabra escrita. Y de paso, claro, liberar un poco de espacio en el almacén de Prospero’s books.

“Esta es la pira funeral para el pensamiento en los Estados Unidos de hoy”, dijo Wayne a los bradburianos espectadores en las afueras de su librería mientras quemaba el primer grupo de libros.

Bradbury ya lo dijoComo lo real de romántico tiene poco hoy en dia, y menos en Kansas City, 50 minutos después del “cerillazo” inicial llegaron los bomberos para aguar el funeral. Pero no lo hicieron por amor a las letras, sino por apego a la ley: Tom Wayne no tenía permiso para hacer esa fogatilla frente a su local.

Ahora Wayne dice que gestionará todos los permisos del caso para realizar periodicas fogatas hasta agotar los 20 mil libros que se acumulan temerosos en el almacén de Prospero’s book.

Pero como no podía faltar en yankilandia, wayne ha convocado a través de su web a todos aquellos que deseen “adoptar” a un moribundo libro, comprándolo por 1 pavo y salvándolo de la quema. El dinero se reinivertirá, cosas de la vida, en hacer más libros.  

P.D. Según un estudio del americano Fondo Nacional para las Artes hecho en 2002, menos de la mitad de los adultos americanos dicen leer por placer, comparado con el 57 % de 1982. Me imagino que esa no es una buena noticia para el Prospero’s books

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Simulacro con jet lag

Un simulacro de Jean baudrillard“En el fondo, mi escena primitiva es esa; que hoy ya no sé, al mirar tal o cual cuadro, o peformance o instalación, cosas así, si están bien o no, y ni siquiera tengo ganas de saberlo en verdad, entonces hallo que estoy como en suspenso, pero es un suspenso que no ofrece excitación alguna, que no es intenso; es un suspenso más bien de la neutralización y de la anulación.

Se trata entonces justamente de la desaparición de esa lógica, proporcionalmente inversa a la de la producción de cultura. He empleado para ello una expresión, más bien un juego de palabras: el grado “Xerox” de la cultura, que, por supuesto, es a la vez el grado cero del arte, el del vanishing point del arte y de la simulación absoluta.”

Regresso al “mondo gozzer” después de un receso sin motivo. Y vuelvo con las palabras de otro para recordar precisamante a ese “otro” que murió el pasado 6 de marzole professeur Jean Baudrillard.

Esas palabras de Baudrillard salen de una conferencia que dictó en Caracas, Venezuela, en 1994, llamada “la simulación en el arte”. Y supongo que son las típicas frases que escuchamos o leemos y se nos ocurre pensar “pues mira, a mi me pasa lo mismo”. Y que te pase eso con un filósofo de la escuela germana, marxista y finalmente post-posmoderna, quizás explique lo impresionante que fue Baudrillard.

Explicarlo, o al menos intentar explicar lo que él a su vez quiso explicar en vida es ya harina de otro costal. No porque sea de esa filosofia para dormir elefantes, sino porque resultaría una extrema falta de respeto. Pero quedémonos con su idea de simulacro, simulación e hiperrealidad. Y no hace falta haber pasado los años de la universidad en tertulias etílicas especulando sobre la posibilidad de extirpar el hipocampo como única posibilidad científica de asumir la posmodernidad. Sólo basta con el ejemplo típico de los jovencitos antiglobalización: decir que la realidad no existe, que lo que creemos realidad no es más que una “simulación” de ésta construida por los medios de comunicación -por la televisión-; una “hiperrealidad” que niega la historia. (Y perdonen uestedes la vulgaridad de la definición, pero no está lejos de su teoria).

“Realidad virtual”, que hoy parece un término tan trillado, fue construido por Baudrillard, repasando al señor McLuhan (muuuuucho antes de Internet), y también a Baudelarie y al mismo Walter Benjamin:

 “Baudelaire denunciaba el universo de la publicidad diciendo: «Eso no es más que sentimentalismo, estética, y el arte tiene que diferenciarse radicalmente e ir por el contrario hacia un absolutismo de la mercancía». Pero el arte se ha convertido en general en una especie de prótesis publicitaria, diría yo, y la cultura en una especie de prótesis generalizada.

Baudelaire quería llevar la simulación hasta su extremo; dice: «Estamos en la modernidad. Aceptemos el juego de la modernidad. Hay que llegar hasta una simulación triunfante». Nosotros en cambio estamos más bien en una simulación vergonzante, repetitiva, depresiva. El arte es un simulacro (de todas maneras estamos en la zona de los simulacros), pero un simulacro que tenía el poder de la ilusión. Nuestra simulación por el contrario ya no vive sino Le gustaba hablar de Warholdel vértigo de los modelos, lo cual es enteramente diferente. El arte era un simulacro dramático en el que estaban en juego la ilusión y la realidad del mundo, y hoy no es más que una prótesis estética. Entonces, evidentemente da al término «estético» un sentido peyorativo, en cierto modo.”

Para los que alcanzaron engullir un par de gotas de la posmodernidad de Lyotard, Vattimo e altri tanti, el discurso parece familiar. Pero que un señor, pasados los 70 años, nos diga, por ejemplo, que la guerra del Golfo, no tuvo lugar sino que fue parte de esa “simulación”, de esa “hiperrealidad” construida por los medios, tiene lo suyo. Y tiene esa estimulante virtud de tenerte horas y horas en medio de preguntas tontas sobre tu propia “realidad”. ¿Es o no es?

Ni siquiera sé muy bien donde termina esto. Bueno si, en la muerte Baudrillard, el 7 de marzo en París, tras una larga enfermedad y tras años de despotricar contra la sociedad de masas y siguiendo en solitario cuando los feroces guerreros de la posmodernidad decidieron enterrar el hacha y asumir (no sin cierta revulsión para algunos de nosotros) que la cosa no tenía ni sentido, ni fin.

” El silencio está expulsado de las pantallas, expulsado de la comunicación. Las imágenes mediáticas ( y los textos mediáticos son como las imágenes) no callan jamás: imágenes y mensajes deben sucederse sin discontinuidad. Ahora bien, el silencio es precisamente este síncope en el circuito, esta ligera catástrofe, este lapsus que, en la televisión por ejemplo, se vuelve altamente significativo- ruptura cargada a la vez de angustia y de júbilo-, al sancionar que toda comunicación sólo es en el fondo un guión forzado, una ficción ininterrumpida que nos libera del vacío, el de la pantalla, pero también del de nuestra pantalla mental, cuyas imágenes acechamos ,con la misma fascinación. La imagen del hombre sentado, y contemplando, un día de huelga, su pantalla de televisión vacía, será algún día una de las más hermosas imágenes de la antropología la pipa que no esdel siglo XX .”

 Eso es. Talvez, la muerte de Baudrillard no sea más que un ejercício más de simulación, esa de la que todos somos presa, y que en mi caso llega con jet lag. En todo caso, si todo esto le motiva a leer un poco de su obra la buena noticia es que podrá hacerlo sin tener que apagar la tele. De hecho, es mejor tenerla encendida: así podrá entender un poco lo que Baudrillard trataba de decirnos a gritos.

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Sargentelli o el santo oficio del mulatólogo

Sargentelli con sus mulatas hasta la tumbaUna de las cosas que recuerdo de mi padre, era su orgullo recio por haberse deslomado durante muchos años para tener la vida que tenía, y que no cambiaba por nada. Sin embargo, cada vez que llegaba el carnaval y aparecía Sargentelli en la televisión, mi viejo me miraba con esa complicidad de padre y soltaba un “mira que podría haber sido como él…“. Y no creo que lo hacía por mortificarse ni mucho menos, es que en esa época (y digo “esa época” porque ahora seria políticamente incorrecto decirlo) todos los hombres deseábamos ser como Sargentelli cuando llegaba el caranaval.

Porque Sargentelli fue un verdadero mito. El único que pudo graduarse como “mulatólogo” y ser, por ende, el mayor experto en mulatas de samba de todo Brasil. Hecho que equivale a ser el más entendido del tema en todo el mundo.

Quizás para los menos entendidos en cultura brasilera, Sargentelli no resulta un nombre familiar. No obstante, para los amantes de la samba y festejos carnavalescos, este hombre de vozarrón peculiar y que empezó su andadura como locutor de radio, fue el erudito que inventó palabras como “ziriguidum” y “telecoteco“(argot propio del carnaval); eso claro, junto a la secta de seguidores que creó alrededor de las “mulatas de Sargentelli”.

Empresario de la noche, conviritó en estrellas a bailarinas que ahorraban todo un año de trabajo para lucir un diminuto vestido de lentejuelas en carnaval. Ahí estaba Sargentelli, rodeado por su séquito de mulatas ante la mirada atónita de la humanidad, especialmente los turistas. En otras palabras, Sargentelli elevó a la categoria de divas a las mulatas del carnaval.

Pero los tiempos comenzaron a cambiar, y en 1985 Sargentelli fue acusado de racismo y casi ve su carrera como“mulatólogo” concluida. Sin embargo, Brasil tiene esa extraña virtud de convertir en patrimonio nacional cosas tan peculiares como las mulatas o el mismo Sargentelli.

Mulatólogo y compañiaAsí el “mulatólogo” superó el bache y siguió en su labor de carioca empedernido, para envidia de mi padre, hasta el 13 de abril de 2002, cuando dejó el samba, la fiesta, la noche, la bohemia y el mundo. Quizás con una sonrisa en los labios, y doce años después de que mi padre deseara ser Sargentelli por última vez.

Eso es lo bonito del carnaval.

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La vida del señor Barriga

El señor  Barriga as himselfSupongo que a muchos de nosotros el nombre Edgar Vivar nos suena familiar, pero no podríamos deducir de buenas a primeras de quién puede tratarse. Pero si decimos Señor Barriga, ahí es otra cosa. Porque el señor Barriga fue talvez uno de los primeros caseros y cobradores de alquiler del que tenemos noción. Un antagonista extraño en una serie que, como el Chavo del ocho, estaba repleta de personajes singulares.

Pero lo cierto es que acabo de ver que el señor Vivar, a.k.a señor Barriga; a.k.a Ñoño, acaba de publicar su autobiografía, en la que cuenta sus vivencias en el set del todopoderoso Chespirito pero también su experiencia con Plácido Domingo (¿el señor Barriga con Plácido Domingo?) y las vueltas que dio su vida por el mundo del teatro.

Así pues, resulta sorprendente que el señor Barriga tenga una autobiografía. Pero noThe real señor Barriga porque no tenga una vida interesante, sino porque en ese abanico de personajes como el Chavo, Chilindrina, Don Ramón, Quico y demases, quizás uno de los últimos de la  fila de los recuerdos sea precisamente el eterno casero, indeseable visita, como lo era el señor Barriga (eso sí, de buen corazón).

Probablemente mienta, pero intentaré leerla. No para conocer más detalles de su vida (lo que sé ya me basta), sino quizás para tratar de encontrar la fórmula mágica que me haga reir cada vez que la vieja bruja que nos cobra el alquiler venga a saquear nuestros muy míseros euritos.

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Hasta la vista señor Sheldon

Adios señor SheldonNo sé de muchos escritores que tengan un dia propio. Ni siquiera una estrella en el prostituido paseo de la fama. O un Oscar; o un Emmy. Pues el señor Sydney Sheldon tenía las cuatro cosas, además del título de ser uno de los autores con más bestsellers en su carrera. Y a pesar de todo esto, siempre fue el típico autor que a mucha gente le daba un poco de vergüenza admitir que leía. Quizás porque en el fondo, muchos lo señalaban como literatura de misterio fácil. Libros de aeropuerto o de sala de espera del dentista.

De padre judío alemán y madre rusa, Sheldon empezó en Hollywood, en esos años grises de entre guerras, trabajando como guionista de películas de serie B.  Luego, piloto en la II guerra mundial, y luego escribir y escribir.

Así fue hasta el 30 de enero, cuando el señor Sheldon, a sus 89 años, escribió el epílogo de una vida de bestseller, con una pulmomía mortal en su rancho Mirage, en California.

Atrás deja 18 novelas que escribió después de los 50 años, 300 millones de ejemplares vendidos y una larga estela de lectores ocultos y anónimos que ahorala bella genio seguramente saldrán a la luz, reconociendo a Sheldon los meritos que le negaron en vida. Y todos a leer sus novelas, porque se pondrán de moda.

Los de mi generación al menos lo recordaremos por las series de tv mi bella genio o los Hart investigadores

Como en sus historias, el asesino sólo se descubre al final…

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